El oficio de escribir, de Montserrat Ordóñez Vila
En un mes de las brujas nos reunimos en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, para pensar en el oficio de escribir, la tarea mágica que a tantas mujeres ha convertido en seres prohibidos. El encuentro se había planeado desde hacía meses y varias veces habíamos pospuesto la fecha, por razones supuestamente ajenas a mi voluntad. Creo, sin embargo, que yo también era parte de las dilaciones, o por lo menos las aceptaba con alivio. Mi resistencia a hablar del oficio de escribir ha persistido con extraños disfraces y aplazamientos. Para una trabajadora exacta y sin tregua, como yo, estas huidas son Transparentes: me resisto a la identidad impuesta de escritora y me resisto a mi propio discurso sobre la escritura. ¿Por qué no escribir, en lugar de hablar de lo poco (porque siempre es poco) escrito?
Es cierto, sin embargo, que esta identidad que se me adjudica no es gratuita, a pesar de que me doy cuenta de no tener una obra pública, coherente y clasificable según criterios académicos, estéticos o editoriales. Me siento un camaleón de la palabra, que cambia de color y tal vez no tiene uno propio. Pero aún así soy un animal consistente. Siempre he vivido con / de las palabras, como lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, poeta. He comido de mi manejo de la lengua aunque los escritos que más me representan son los que sólo me han alimentado metafóricamente. Mi obsesión es irremediable e inútil, como la del camaleón, que sospecho se engaña a sí mismo más de lo que logra engañar al otro.
Si considero resbaladiza mi identidad de escritora, me identifico sin embargo plenamente como lectora. Lectora traidora, desde antes de ir al colegio y de saber leer, cuando me aprendía de memoria los cuentos que me leían y los repetía línea por línea, señalando las palabras con el dedo índice como si tradujera signos. Luego, esa gracia infantil se convirtió en maldición, para mí y para todos los que me rodeaban, cuando devoraba colecciones completas y las palabras ajenas eran mi refugio, mis ecos, mis referencias secretas, sin verbalizaciones compartidas. Leía sola y mi mundo se dilataba, desarticulado, lleno de esas telarañas que se apoyan en la vida y que no son la vida.
De las arrolladoras palabras ajenas creí aprender que todo está ya escrito y que sólo hay que buscarlo para encontrarlo. Aún me persigue esta labor de exploración en la que me he pasado la vida. Reconstruirla es un peligroso trabajo de autoevaluación y de acribillamiento, cuando, años y décadas después, amigos y estudiantes me recuerdan por los libros que yo leía, que en algún momento me obsesionaron y obligué a compartir como pesadillas, y ahora desearía olvidar. Pero el pasado también está hecho de letra leída, deslizada, coyuntural, y nadie se escapa de su historia. Compartir y divulgar es también el eje de la enseñanza de la literatura, esa transmisión que los obsesivos del libro hacemos en clase, entre amigos, entre editores, en los comentarios que a veces escribimos. Queremos que otros lean lo que nos gusta, incluso tratamos de obligar a que les guste lo mismo. El placer de leer desencadena una serie de diálogos que incluye a muchas más personas, fuera de un autor y de un lector esquemático. Los mundos imaginarios de ambos están poblados de voces que entran en esa misma enorme y silenciosa conversación, que como un iceberg apenas muestra unos cristales. En las profundidades se producen los naufragios.
Si la lectura está en la raíz de todos los desastres, su producto es un monstruo mítico. Todas las decisiones vitales de un lector están supeditadas a su obsesión. De ahí salen periodistas, editores, profesores de lengua y literatura, coleccionistas de diccionarios, amistades con las que se puede leer y escribir pero nunca hablar, parejas hechas de libros y no de cuerpos. Cuando ese monstruo comienza a tragar y a vomitar, la lectura que comenzó como traición termina en robo: todos los excesos están permitidos, no hay ética, no hay paz. El mundo se mide por palabras y se roba tiempo, ideas, cualquier cosa, para leer y escribir.
Si ese ser maldito, traidor y ladrón, es además una mujer, el desastre es total. Para leer y escribir hay que estar en contacto con el caos y con el cosmos, pero sólo se puede plasmar en soledad, con la libertad que da el candado por dentro de la puerta. Y si hay algo negado a la mujer es su soledad y su espacio. La mujer debe ser desprendida y estar siempre disponible. Por eso no escribe, sólo habla y usa sus palabras como imán. Siempre rodeada, lo regala todo, administra y promueve las escrituras ajenas. Revisa, corrige, arma plataformas para que otros despeguen, devuelve multiplicada la imagen del que se le acerca.
Pero aún no hablo de mí, de lo que escribo y cómo lo escribo. Y sigo resistiéndome a hacerlo, porque no quiero reemplazar la escritura con el discurso sobre la escritura. Porque sería demasiado fácil aplicarme mi propio discurso crítico, para excusarme, inflarme o justificarme. Además, siempre repito que no hay que creerles a los escritores sino a la escritura, así que de todas formas mi opinión sería inútil.
Repito también que la escritura no se hace de café, de nubes, de espumas en la ducha o de descargas eléctricas, sino de escurridizas palabras, solas, planas. Y una vez combinadas y convertidas en objeto añadido al mundo, esas palabras son más inteligentes que sus presuntos autores y transmiten voces que ellos o ellas ni siquiera identifican. Así, lo que yo pueda decir sobre mi escritura nadie debe creérmelo, porque yo no puedo saber bien qué hago. Lo sospecho, lo intento, escojo conscientemente, pero lo que escribo es parte de un tejido que yo no controlo. Como cuando cocino que, en la mitad de mis decisiones y combinaciones más creativas y supuestamente autónomas, me hielan y me calientan otros gestos repetidos y recuperados. Por otra parte, lo que escribo, cuando hago poesía y prosa poética, es muy distinto de lo que hago o lo que digo. Puedo hablar por horas con fluidez y sin embargo cuando escribo salen textos de piedra y de silencio, despojados, sin concesiones, en contra de la desmesura que siempre me ha rodeado. Hago lecturas críticas y las escribo, pero a menudo decido que estoy harta de pretensiones de originalidad y primeras personas, y decido dejar el espacio a las voces de los otros. Así, con frecuencia he preferido ser lectora y transmitir, impresas, compilaciones de mis lecturas. Traduzco, porque traducir es también compartir y es la más adecuada combinación de una buena lectura y una buena escritura. Edito porque, como me sucede en la docencia, me gusta ser puente. Escribo artículos sobre literatura, porque en los últimos años he encontrado un discurso crítico contemporáneo en donde me puedo hallar con alguna comodidad, un discurso de autodelación y de apertura, que acoge mis obsesivas metáforas, que se opone a la omnipotencia y a la supuesta objetividad de la crítica de mi época de estudiante, un discurso en fin que se basa en una profunda conciencia de género (masculino / femenino) y de historia. Ahí ubico, o quisiera poder ubicar, mis trabajos sobre la revisión del canon literario o sobre la escritura de la mujer en América Latina y en Colombia.
Como le decía Milena Jesenská a Kafka, creo que dos horas de vida son muchísimo más que dos páginas escritas. Pero escribo porque lo que quiero decir no aprendí a transmitirlo con la danza, ni con el silencio, ni con el gesto, ni siquiera con el amor, y si no lo escribo lo olvidaré y sin memoria me quedaré sin vida, sin esa única vida de azar en contra del azahar, tan vulnerable, tan prescindible. Las palabras me persiguen y aunque sé que no son mías, que no hay discursos propios sino apropiados, que yo no soy la única con acceso a esas combinaciones precisas, si no las escucho me ahogan, me acorralan, me lapidan, y solo vuelvo a reconocer mi cuerpo si logro despojarme de mis palabras y de mis pieles viejas y, desollada, vuelvo a empezar.
Creo, también, que para mí escribir es una batalla contra la injusticia y contra el caos, contra los silencios impuestos, contra las continuas agresiones que recibimos las mujeres, aunque yo casi pertenezca (me suena irónico después de mi errática escritura de toda la vida) al grupo de las privilegiadas. A veces me han dicho que hay tortura en lo que escribo. En verdad, no podría escribir desde las rosas, los jazmines, las auroras y el amor, aunque los conozca, si he vivido entre el dolor y la violencia. Por otra parte, no creo mucho en una escritura sólo de paz y celebración, sin tensiones ni contradicciones. Escribir no es fácil, porque para llegar hasta la página hay que vencer nuevas barreras cada día, porque es un oficio que se practica sin fin, una carrera sin meta. No es una actividad natural, a la que el cuerpo se entregue como al agua, al sol, al sueño, a la comida o al amor. Es una decisión a veces demencial. Un tiempo sin reloj, papeleras que se llenan, letras que bailan, libros que caminan, caras alucinadas. Escribir no es libertad, porque la persona que escribe vive torturada en un espacio de espejos y de aristas, entre lo ya escrito, lo que escribe, lo que quiere escribir, lo que nunca escribirá. No es permanencia, porque su escritura es ajena y no le evitará los desgarros de sus muertes. Es una extraña forma de vivir, una mediación despellejada, que reemplaza mucha vida pero no la oculta ni la ignora.
Y sin embargo, la persona que quiere escribir y no lo hace, vive y muere condenada. Por eso, hablar de la escritura y del oficio de escribir es suicida. Los que hoy queremos seguir viviendo con palabras, debemos ahora, ya, callarnos e irnos a nuestro posible o imposible rincón y escribir, escribir para poder morir en paz.
Extraído de:
- Prado Traverso, Marcela (ed.). Ensayistas Latinoamericanas. Anotlogía crítica. Tomo III: época contemporánea (América del sur). Valparaíso: Editorial Puntángeles, 2018.