Desde Berlín: Las tiendas al menudeo

Laura Méndez de Cuenca


¿Habrá cosa más vulgar que una tienda? Después de la cantina, que es el teatro del comercio fundamental de toda congregación o conato de aldea, en cualquier parte del mundo, nada hay tan importante como la tienda. Mas con ser un giro universal, da carácter a los pueblos, porque siendo el lugar donde cada quisque va a surtirse de lo que ha menester, una tienda bien examinada es libro abierto en que se aprenden las costumbres y vida de la gente.

Entre nosotros la tienda de «raya» y la tienda mixta de los lugarejos enseña a las claras que el bajo pueblo bebe mucho, come lo indispensable para mantener la cabeza sobre los hombros y viste menos que lo que manda la decencia. En las ciudades pomposas, el género de mercancías se subdivide hasta lo inaudito [¿?], de donde proviene la abundancia de tiendas de uno o dos dependientes, con cincuenta o cien pesos de capital social y uno o dos patrones. Así hay la velería, la dulcería, la zapatería, y tantos, más changarros acabados en «-ía» como artículos de primera necesidad ha producido la industria.

Pero en nuestras ciudades capitales, donde la gente está devastada o dispuesta a que le pasen por el lomo el cepillo de la civilización, las tiendas vuelven a marcar sus tendencias a hacerse mixtas, siendo, por lo mismo, necesario que crezcan en importancia y en local, mas no es en esto donde radica el modus vivendis de la multitud, sino en lo que las tiendas venden y cómo lo venden. Para que los mexicanos compren de buena gana, es preciso primeramente que la mercancía venga de extranjia, que el comprador tenga cuenta abierta en la tienda y pague por abonos y que el dependiente hable hasta por los codos. Sobre todo, ha de decir galanterías a las mujeres y recomendar el artículo en venta más que un misionero el reino del Señor. De un dependiente que no sabe echar flores, se dice que no tiene buen mostrador, y me le planta el patrón en la calle.

Es natural, la gente no compra cosas bellas que son raras y caras, sino al nado, donde se crea nada, ni se produce, abundantemente, efectos ordinarios, se carece de necesidad de usar algo más que la hoja de higuera.

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Fuera de México, antes que empeñarse en conocer a los hombres, hay que entrar en las tiendas y ver en ellas lo que es genuino y lo que es exótico, lo que anuncia el carácter nacional, y lo que revela de qué país o pueblo extraño viene la influencia predominante en el lugar puesto en observación. Así, por ejemplo, en los Estados Unidos, las mercancías amontonadas, sin arte ni concierto, muestran el exceso de producción; la complacencia del dependiente para probarse todas las prendas de ropa que le exige el parroquiano, su sobriedad en el hablar y la rapidez con que envuelve paquetes y da cambio, dicen que el norteamericano sabe al dedillo en qué consiste ser comerciante.

La tienda de los Estados Unidos es un sánalo todo y a su ejemplo se han moldeado las europeas, adoptando ciertos detalles ventajosos, aunque sin perder por ello su sello típico. Por ejemplo: donde quiera que el clima es rudo y castiga severamente en invierno, lo mismo que en verano, la tienda es un lugar de refugio; el que va tiritando por la calle en un día de tormenta, entra a calentarse y a reponerse; el que pasa bufando de calor, halla un paraje fresco donde descansar.

En la tienda hay sala para las señoras, tocador, restaurant. Como no hay peligro de rateros, la ropa hecha, las telas y los efectos todos están al alcance de la mano del comprador, y este manosea y estruja todo aquello que está marcado con precio de barata. A la vista de un nikel, el dependiente americano, aunque no entienda la lengua en que se le habla, le baja a uno la luna en menos de un periquete: envía la compra a domicilio C. O. D., o sea a pagarse a su recibo, aunque el objeto valga 10 centavos. En todo sale el comerciante de relieve, y los parroquianos declaran en el modo de comprar, un pueblo gustoso de toda suerte de comodidades y práctico.

Durante la estación cálida en París, fuera de la tienda, en la plebeya banqueta, salen a tenderse grandes mesas cargadas de ropa hecha y sin hacer, desde el vestido de novia hasta el delantal de la cocinera; desde la corona de azahares hasta las zapatillas de alfombra. Y el dependiente pregona la mercancía e invita a los transeúntes a contraer matrimonio y endomingarse con aquellas prendas resobadas y expuestas al polvo de la calle. Resultado: la atracción de la vista empuja al trashumante comprador puertas adentro, para hacerse con algo mejor. Pero el francés, suelto de boca y siempre listo al requiebro fácil, no se allana a complacer al parroquiano. Los guantes no se prueban, los sombreros a prueba nadie los quiere por no verse comprometido a comprar a disgusto, atosigado por la insistencia de la vendedora; la tienda, en general, no tiene departamentos bastantes al servicio del público, tales que inviten a permanecer en el edificio sin propósito mercantil.

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La tienda en Alemania es típica también es la expresión del pueblo. Desde la entrada se nota algo desusado, sea desde luego una armatoste pequeño muy especial para que los hombres dejen el cigarro a medio consumirse, pues dentro del edificio no se fuma. El lugar destinado a cada tabaco tiene un número que anota en su cartera el que lo ocupa, sólo para evitar una equivocación, pues nadie intencionalmente se llevaría a la boca un cigarro ajeno. Hay también una o más cadenas atadas a la puerta principal y un felpudo para dejar a los perros en depósito mediante una propina. Los canes llevan siempre bozal y están tan habituados a acompañar a sus amos a hacer compras, que no protestan contra la larga espera, sino que se echan resignados. Prueba esto que en Alemania todavía es costumbre que el jefe de familia provea personalmente la casa, en tanto que la mujer atiende a las faenas domésticas.

A la puerta hay un cartel con la lista de los nombres de los intérpretes, emparejado cada uno con la bandera del país, cuyo idioma habla. Dentro está la venta de sellos postales y el buzón, el expendio de billetes para todos los espectáculos y conciertos, a la vista del diagrama numerado de todos los teatros, de modo que cada quien acoge la localidad que le acomoda.

El restaurant da gran servicio y largo dos veces al día, y en su defecto, está el departamento de fiambres, chocolate, café y refrescos, con sus ribetes de cantina, pues la cerveza corre a pasto, el vino no escasea y siempre hay a mano algún licor tónico o cordial. La pastelería, la dulcería y la frutería, ofrecen servicios inmediatos en esta tierra donde alimentarse es un deber que todos cumplen ganosos y de buen humor.

En las tiendas de Berlín, todavía mayores que las de París y Nueva York donde el personal se cuenta por millares, lo típico es el papel que las flores componen en los escaparates y en el adorno de la casa general.

Cuando las flores de la estación son jacintos, rojas, amarillas, blancas y color de rosa son las telas que se escogen para los vestidos que han de ofrecerse al público. Si hay en abundancia clemátidas y lilas, salen los diversos tonos de morado; si llega su vez a los tulipanes, el anaranjado y el rojo son de rigor. Se planta el traje preferido en el maniquí, se tiende la falda graciosamente, y a su alrededor, ponene hileras de macetitas pequeñas de una misma planta todas en flor, a formarle rueda; y millares de macetas alegran el edificio todo, por dentro y por fuera, y ramilletes variados y guirnaldas en profusión decoran los guantes y la lencería, y todo, perfumando el ambiente.

Para complemento de arte y de belleza, está el jardín en medio del edificio; el verano el aire libre; en invierno bajo una rotonda de cristal, surtido con plantas de invernadero, siempre en plena florescencia, porque apenas dejan de producir, son retiradas y cambiadas por otras.

Cuando el cansancio del cuerpo rinde, y la fatiga del espíritu agobia, qué grato es sentarse en las banquitas de mármol tibio, y soñar al arrullo del agua que brota de los peñascos de mentira, cubiertos de lianas y musgo. Musgo que ha costado sudores y congojas al jardinero alemán, seguramente sin competencia en el orbe entero.

Extraído de