¿Comediante o poeta?
Laura Méndez de Cuenca
El hombre, ya sea vulgar o distinguido, durante su corta vida engendra animosidades y odios que no tiene el poder de aplacar, dejándole en paz sus menores enemigos, sólo cuando está de cuerpo presente y el día en que le llevan a enterrar. Si ha tenido una existencia tranquila y oscura, es decir, si ha devorado en soledad la amargura que apareja la vida, desde que se acuesta en el hoyo goza de imperturbable paz y olvido. ¿Quién va a saber qué persona habitó en la accesoria letra B del callejón de Chiquihuiteras, el año de 1710, o quiénes formaron la fila de curiosos cuando entró la reina de Saba en Jerusalén a visitar a Salomón, o los que vieron caer la cabeza de don Álvaro de Luna?
Esos seres anónimos en la Historia, llegados al mundo sin ruidos y desaparecidos sin dejar en él huellas, que causaron alegría y dolor nada más a los suyos, no son ni discutidos ni comentados. Se ignora lo que hicieron, lo que hablaron, lo que pensaron, y por lo mismo, se los deja dormir en sosiego. ¡Dicha sin igual!
Pero, que no sobresalga un mísero mortal de entre la multitud de sus congéneres, que no despierte entusiasmo a su alrededor, que no levante a las masas, que no las empuje siquiera un paso a la evolución; entonces ya no dormirá el sueño del olvido, ya no será un secreto su nombre, ya no apaciguará a los enemigos, con la inmovilidad y el silencio de la tumba.
Se le discutirá y comentará, se le regatearán sus méritos, se le negará diciendo que su nombre es pura invención de la fantasía. De ingenio pasará a ser un fraude de la Historia.
Esto viene a cuento tratándose de Shakespeare, a quien de nuevo vienen a privar de su mérito, aunque, vanamente de su gloria, nuevos documentos de crítica literaria traídos a luz por el doctor Karl Bleibtreu, de Berlín, quien atribuye los dramas shakesperianos a sir Roger, conde de Rutland [¿?].
Bleibtreu asegura que Shakespeare en su juventud fue un gran calabaza, sin carrera literaria en ciernes y en su edad madura un borrachón enriquecido. Que no se tienen antecedentes de su gira artística, ignorándose por completo en qué teatros representó, cuando es bien sabido que las piezas que calzaba su nombre fueron puestas en escena por la compañía Pembroke, a la cual Shakespeare no perteneció jamás. Y halla el doctor Bleibtreu curioso que siendo Shakespeare actor y autor no representase él mismo sus propias obras.
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Admite el crítico alemán que el famoso genio británico haya tenido dares y tomares con las musas y pasado una época de su vida entre bastidores y bambalinas, al asentar que abandonó la literatura en los años de su madurez y se retiró, ya bien rico, a Stratford [sic.], donde se dedicó a usurero. Prestaba dinero a crecido interés. Se pasaba las noches en la taberna y las horas de luz en dormir la mona que se había puesto la víspera. Como prestamista, era avisado, y no se dio el caso jamás de que hubiera hecho un mal negocio que le costara un céntimo. Cuando sus asuntos de matalías [¿?], o el deseo de echar una cana al aire, le llevaban a Londres, aposentábase en la taberna conocida con el nombre de Mermaid, donde le reservaba siempre, el tabernero, el mismo sitio.
Y ¿cómo murió el divino Shakespeare? Según Bleibtreu, ni más ni menos que Edgard Poe: del resultado de una orgía. La muerte le sorprendió inconsciente, pues aún no había vuelto en sí del último copeo.
Semejante borracho ordinario, con más de Shylok que de rey Lear, no pudo haber meditado sobre el to be or not to be, ni expresar en melodioso versos el amor que Julieta inspiraba a Romeo. El crítico bardo inglés sostiene que sólo un noble pudo haber escrito aquella terrible sátira contra los malos cómicos que, [de] haber sido obra del comediante Shakespeare, le habría ocasionado su propia ruina.
Más adelante añade Bleibtreu que Shakespeare sólo pudo enterarse de las maneras y costumbres de la nobleza por el duque de Essex, o el de Southampton, con quienes, no cabe dudarse, tuvo estrecha amistad; pero al mismo tiempo, como Romeo y Julieta fue conocida del público mucho antes que el comediante inglés se tratara con los altos personajes citados, es muy probable que el verdadero autor de la famosa tragedia no haya tenido de Shakespeare más que el nombre.
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Varios pasajes hay en las obras de Shakespeare que muestran al cortesano, al hombre avezado a vivir en los salones de la nobleza y en las cortes, y familiarizados con sus costumbres, familiarizado con la política y sus ardides, con los hombres de mundo, con los diplomáticos, con la realeza. Sabedor de las miserias de los grandes, de su ascensos al poder como de sus desastres y sus caídas. Es menester haber conocido de cerca y haber tenido la rectitud de criterio para juzgarlos, a los guerreros, a los cortesanos, a los letrados, a los jueces que tan [magistralmente] presenta en sus obras shakesperianas su verdadero autor.
¿Quién puede ser éste? En concepto de Bleibtreu, el autor del teatro de Shakespeare fue sir Roger, conde de Rutland, muerto en 1612, poco después de haber sido representadas las dos últimas obras de Shakespeare. ¿Por qué desde la desaparición del mundo de sir Roger, conde de Rutland, enmudeció Guillermo Shakespeare para siempre? ¿No es natural que un escritor, a quien el público aplaude, encuentre estímulo en el aplauso y no cese de producir?
Bleibtreu atribuye a Roger toda la labor literaria de Shakespeare; señala como razón de que se haya servido del nombre del bardo inglés como de un seudónimo, a su posición de la corte. Siempre se consideraron los dramas shakesperianos como agresivos a la política dominante. Julius César y Hamlet no hubieran pasado a los ojos de la reina Isabel y el rey Jaime si su autor no hubiera sido un comediante despreciable. Su insignificancia y la seguridad de no ser él el verdadero autor de los dramas agresivos, salvaron a Shakespeare de la venganza real.
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Para remate de sus aseveraciones, Bleibtreu presenta ciertos documentos que acreditan que entre el conde de Rutland y el comediante Shakespeare mediaron transacciones mercantiles. ¿Sería el producto de la compra del nombre? Así lo creen los herederos de Roger, quienes han procurado el criterio alemán los documentos aludidos.
Bleibtreu tratará de probar su aserto como otros han tratado de establecer la identidad del verdadero autor de las obras universalmente admiradas en la persona de sir Francis Baco; pero sea que llegue a aclararse la duda en que se debaten los investigadores o no, el mund literario erigirá a Guillermo Shakespeare, el autor comediante, monumentos de pieda en sus plazas, y guardará en mi corazón, por bardo británico, admiración y amor.
Y del conde de Rutland no habrá quién sepa, aparte del doctor Bleibtreu, su reivindicador y amigo sincero.
Viena, febrero de 1910.
Extraído de:
- Méndez de Cuenca, Laura. «¿Comediante o poeta?: especial para El imparcial». El imparcial: diario ilustrado de la mañana, 15 de abril de 1910, p. 7. http://www.hndm.unam.mx/consulta/publicacion/visualizar/558a376f7d1ed64f16d84e2b?intPagina=8&tipo=pagina&palabras=Comediante+o+poeta&anio=1910&mes=04&dia=15 (14/octubre/21).