Desde Berlín: Características de los pueblos

Laura Méndez de Cuenca


«Donde nosotros ponemos una pulquería,
Alemania establece una librería».

Este dístico, que por su elegancia y sonoridad parece haber brotado del cacumen de un poeta decadentista, se me acaba de ocurrir, mientras atravieso la ciudad, en sabroso mangoneo. Ando lentamente y me detengo a examinar los libros, expuesto en apretadas filas, en los escaparates de las librerías. Abundan éstas como en México las cantinas; es decir, que hay una en cada esquina, otra, u otras, repartidas en las calles, un poco largas, y tinglados más o menos pequeños, donde se venden todos los libros nuevos, en cada estación de ferrocarril.

Las obras en venta no se distinguen por ser de importación extranjera, aun cuando todo lo que Europa produce de intelectual, y los Estados Unidos, está ampliamente representado en las vitrinas, bien en las lenguas originales, bien traducido en la vernácula.

Sobresalen los tratados científicos, los de filosofía y los de artes bellas; siguen las novelas del día, siempre tendenciosas, envolviendo graves problemas, y concluye el surtido la literatura infantil, que contiene a la vez lo útil y lo agradable.

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Cierto es que los precios de las obras son relativamente módicos, cuando los autores de ellas han muerto; pero no sucede lo mismo las de los vivos y que desean seguir viviendo de lo que sus libros les producen: esas son sumamente caras. Con todo, se venden como pan caliente.

No es menester, para atractivo del comprador, que los libros estén abiertos, de modo que luzcan estampas sugestivas, ni que el vendedor los haga antojadizos a las mentes enfermas de depravación, colocándolos en el lote marcado con el popular letrero de «Sólo para hombres», «Sólo para mujeres»; sus títulos son breves y secos: «Filosofía por Fulano», «Literatura general por Zutano», «Arte por Perengano». Sin embargo, vuelan en el mercado, simple y sencillamente porque la gente alemana no sólo gusta de comer, sino que también lee.

La novela barata, que suele causar la mayor parte de los suicidios en el mundo entero, aún más que las dificultades económicas, no faltan, naturalmente, y aquí como allá ocasiona bastantes fechorías. Pero justo es decir que los lectores sanos no van a la zaga de los que buscan en el libro emociones reavivadas o flamantes. El periódico, naturalmente, contiene algún mamarracho para el vulgo, en forma de folletín, a la vez que la crítica detallada de las obras del día, que sirve como de aperitivo al lector.

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En el tranvía se lee mucho. Pero el periódico del momento, aunque abundante en páginas, no da lectura para mucho rato, por contener, mayormente, noticias comerciales y anuncios; así, una vez enterados de lo poco que en los diarios hay de interés general, y de aquella aprte que a cada uno, individualmente, le atañe, según la ocupación a que se dedica, se arroja el papel y vuelve el libro a ser el favorecido del público. A ningún señor tieso y de bigotes almidonados le da vergüenza cargar con su gran cartapacio negro y feo repleto de libros y apuntes, para hacerse agradable el tiempo pasado en el tranvía. Y allí, estudiando atentamente, sin cuidarse los unos de los otros, va cada uno a su objeto. Ya se sabe que aquellos lectores plegujoneados [sic.] de la cara, o todavía con las heridas cubiertas con tela emplástica; son lo más selecto de la intelectualidad alemana, los salidos de las universidades, y estos, por supuesto, leen lo mejor de lo mejor.

Por supuesto, no faltan lectores de mamarrachos, ¡dónde han de faltar!, ni de libros hechos para pervertir, como se hacen en todas partes del mundo, y cuando no se hacen por material incapacidad intelectual, se traducen y se adaptan con comentarios y notas aclaratorias; pero la relajación de los que prefieren esa clase de lectura está equilibrada con el recto criterio de quienes se gozan en adquirir conocimiento de cosas nobles y sanas. Y así, meditando sobre «Los orígenes de la vida», «Lo que es la existencia», «Fin y objeto de la creación», cada hijo de vecino vive su vida entera sacándole al pícaro mundo cuanto puede dar de sí.

Pero, por supuesto, lo fundamental de esto es saber leer. ¡Y vaya usted a poner librerías donde la gente no tiene más que sed!

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