Inciertos horizontes, de Amanda Labarca Huberston


En variadísimos tonos se comenta estos días en nuestro ambiente chileno la inminencia del sufragio femenino. ¿Influirá? ¿Sí o no? ¿Para bien o para mal? Temen unos que el recato femenil sea mancillado inútilmente en la agria turbamulta de las asambleas políticas; otros que su adhesión a los dictados del confesionario determinen una especie de vuelta al período colonial, y, por último, vaticinan no pocos que las esperanzas cifradas en su intervención cívica son del todo desacordes con la naturaleza de la mujer.

¡Horizontes inciertos, entre cuyas brumas ansiamos inútilmente avizorar claridades! No sabemos profetizar. Debemos resignarnos tan solo a auscultar esta realidad que nos rodea. Pedirle a ella la clave. Y ella nos conforta. Que las gracias y virtudes de la mujer se prostituirían en la educación superior y en el trabajo extradoméstico lo vocearon todos cuantos los resistían en el siglo pasado. La experiencia demostró lo contrario. El resultado de las dos últimas elecciones en que hemos intervenido las chilenas puede resumirse así: en las de 1942, las damas derechistas tomaron la delantera por 8.000 votos; en las de 1945, esa cifra bajó a 3.000 en un total de 87.000 sufragantes. No es un margen para asustar a nadie.

Se objetará que las elecciones para regidores no interesan ni atraen como las de parlamentarios, y que en éstas las derechas se emplearán a fondo. Igual cosa hay que esperar de las izquierdas y las cifras pueden volver a un parecido equilibrio.

Mas, antes que prosélites de cualquier partido, tenemos la obligación de servir a la democracia. Es decir, al gobierno de la mayoría. Mientras menos personas acudan a los comicios, porque son analfabetos, indiferentes o, ausentistas, o, porque a la mitad de la población –constituída por los elementos femeninos– se les prohíbe votar, más febles serán las bases del gobierno y más próximo estará a convertirse en dictadura de unos pocos. Los intereses de un grupo reducido acallarán los anhelos generales. En las últimas elecciones parlamentaras, sufragó apenas el 8.4% de la población total de Chile. Esa ínfima minoría es el que prepara el porvenir de Uds., de mí, de nuestros hijos y nietos, el que detenta las finanzas, el poder ejecutivo y el parlamentario. ¿No estamos corriendo un riesgo demasiado grande al entregar el futuro de nuestra patria, de nuestra posición continental a un grupo ínfimo, si no en calidad, en número?

El hábito no hace al monje. No basta rotularse de república democrática. Precisa que lo sea de verdad, aumentando y mejorando continuamente sus bases, ampliando el sufragio a un número siempre creciente de ciudadanos y educándolos a todos –hombres y mujeres– en sus responsabilidades ante la vida nacional.

Si con la participación femenina, la mayoría tendiese hacia la derecha, lo deploraríamos todos cuantos somos izquierdistas; más, acatando los principios y fundamentos democráticos, trabajaríamos por superarla por medio de una acción inteligente, de una persuasión traducida en hechos que aliviasen el sufrimiento popular y que proveyesen al bienestar de todos para atraernos de nuevo el favor perdido. En esa lucha correcta y legal entre las mayorías y minorías radica la posibilidad de progreso de una democracia.

Al ventilar estos argumentos, se suele traer a colación el ejemplo de España, creyendo lo que han afirmado algunos: que la reacción derechista fue obra de la mujer. Hay que preguntarle a quienes vivieron esos momentos y fueron sus testigos presenciales. La izquierda se derrotó ella misma por las disenciones internas. La terrible, trágica y fratricida lucha entre comunistas, socialistas y radicales ha esterilizado en Europa como en Hispano América la obra de las izquierdas; ha sembrado el odio en su seno; ha robado a sus hombres el tiempo para dedicarse a las tareas constructivas de un mundo mejor; los ha distraído de sus servicios en la solución de los aflictivos problemas populares de la vivienda, la alimentación, el alfabetismo, para tenerlos con el arma al brazo, atentos a parar los ataques incesantes, no sólo de la derecha, sino de sus propios cofrades. Y aquí mismo, en Chile ¿por quién perdieron las elecciones generales del 44 y todas las particulares que le han seguido? No por obra de la mujer, sino por esa misma tragedia: la esterilidad nacida de la contienda intestina.

Comunistas y socialistas luchan a muerte por la supremacía entre las masas obreras, los sindicatos y los gremios profesionales; socialistas y radicales bregan por la captación de la clase media y de las posiciones llaves en el gobierno que hoy es izquierdista. Esa lucha absorbe sus instantes, su inteligencia, sus fuerzas. Total: que se desprestigian ante la opinión pública que no puede sufrir pacientemente que concluyan de entenderse para que se ocupen de mejorar el nivel de vida, detener la inflación, robustecer la economía cada vez más precaria de la nación entera.

Odio, lucha, intransigencia en el campo de las izquierdas. En las derechas, la fácil y agradable tarea de aprovecharse de esas disensiones y del desprestigio que acarrean, para captarse la voluntad del hombre honrado que necesita paz y esperanza para seguir trabajando, de ése cuyo nombre no figura en los registros de las asambleas, pero que vota limpiamente y que, a la postre, es el que da número a la futura mayoría.

1945.

Extraído de:

  • Prado Traverso, Marcela (ed.). Ensayistas Latinoamericanas. Anotlogía crítica. Tomo III: época contemporánea (América del sur). Valparaíso: Editorial Puntángeles, 2018.