La violencia de la letra y las ruinas de la ciudad letrada, de Diana Klinger


Desde la remodelación de Tenochtitlán, luego de su
destrucción por Hernán Cortés en 1521, hasta la inauguración
en 1960 del más fabuloso sueño de urbe de que han
sido capaces los americanos, la Brasilia de Lucio
Costa y Oscar Niemeyer, la ciudad latinoamericana
viene siendo básicamente un parto de la inteligencia,
pues quedó inscripta en un ciclo de la cultura
universal en el que la ciudad pasó a ser el sueño
de un orden y encontró en las tierras del nuevo
continente el único sitio propicio para encarnar.

Así comienza uno de los ensayos más estimulante de la historia de América Latina, La ciudad letrada (1984), el libro póstumo de Ángel Rama. Un análisis de la conquista y la dominación que la clase letrada ejerció en América Latina, pero también de sus transformaciones a lo largo de la historia hasta las primeras décadas del siglo XX y del desafío a ese poder por parte de los sectores incorporados a la cultura letrada desde fines del siglo XIX, a través de la educación pública. De los “encuentros y desencuentros entre la ciudad letrada y la ciudad real, entre la sociedad como un todo y su elenco intelectual dirigente”.

Hoy en día, en casi todas las ciudades latinoamericanas “el sueño de un orden” hace mucho quedó sepultado. Escenarios de violencia y criminalidad sin precedentes, estas ciudades son parte de un paisaje urbano contemporáneo que corresponde a la “decadencia y caída de la ciudad letrada”, para decirlo con el título de un interesante ensayo de Jean Franco que, retomando la historia donde la había dejado Rama, analiza el campo intelectual latinoamericano a partir de la guerra fría. Dice Franco: “el orden ideal que había hecho de la ciudad un símbolo tan potente de la comunidad nacional y de la conducta cívica, aun cuando nunca coincidió realmente con la ciudad real, es ahora imposible de reclamar”. Las fracasadas tentativas de construir muros de “contención” de las favelas, tanto en Río de Janeiro como en Buenos Aires, no son sino un comentario irónico de esa imposibilidad. En este contexto, desde las últimas décadas del siglo XX, el lugar del intelectual se ha alterado radicalmente. Contribuyen para ello muchos factores, como señala Graciela Montaldo: “pérdida del prestigio de la letra escrita frente a la cultura audiovisual; amenaza a la institución estética por la estética de los medios y de la industria cultural; globalización económica que reviste al mercado de una autoridad casi plena para legislar cualquier tipo de producción, incluso la literaria; reacomodamiento de identidades y fronteras entre los discursos y prácticas; profesionalización de los intelectuales, inserción cada vez mayor en las instituciones y lento abandono de su intervención crítica". Si hasta la década del sesenta e inicios de los setenta aun era viable, para los intelectuales, sostener un “sueño de un orden” para la ciudad latinoamericana, un orden basado —aunque indirectamente— en el poder y el prestigio de la letra, las dictaduras primero, el neoliberalismo después y recientemente —a pesar de la confluencia histórica de gobiernos “progresistas” en América del Sur— la violencia de las grandes ciudades y la presencia insoslayable del narcotráfico, han hecho imposible ese sueño letrado. Además, para las grandes masas de población marginalizada, la alfabetización ya no significa en estos días la promesa de una posibilidad de ascenso social, como significó desde el siglo XIX y hasta avanzado el siglo XX. Como lo señaló Jean Franco, en este incipiente siglo XXI, el papel pedagógico de la ciudad letrada pertenece al pasado. En la obra del escritor colombiano Fernando Vallejo, y especialmente en su novela corta La virgen de los sicarios, de la que me ocuparé a continuación, estas circunstancias aparecen de manera compleja y contradictoria. Para el narrador de la novela, “el sueño de un orden” aun existía en un pasado no tan remoto, el pasado de su infancia; hoy, en cambio, Medellín, ciudad natal de Vallejo, aparece como un aglomerado caótico de gentío, miseria, ruido, violencia y muerte. Esta novela, aunque corta, ofrece un gran caudal de provocaciones para pensar, no solo la decadencia de la ciudad de las letras y de su sueño de un orden, sino también las contradicciones y las aporías que ese mismo sueño civilizador contenía dentro de sí. Para eso, me interesa explorar un procedimiento que se pone en juego en la novela, en el que el narrador al mismo tiempo se presenta como un personaje autobiográfico y se propone atravesar las fronteras del mundo letrado para retratar un mundo otro, el mundo de las comunas de Medellín y especialmente el de los sicarios (jóvenes contratados por el narcotráfico para matar) que en ellas habitan.

Extraído de:

  • Prado Traverso, Marcela (ed.). Ensayistas Latinoamericanas. Anotlogía crítica. Tomo III: época contemporánea (América del sur). Valparaíso: Editorial Puntángeles, 2018.