La mujer y la cultura, de Camila Henríquez Ureña


Hace pocos días sostenía yo conversación con un ilustre educador cubano. La nuestra, como casi toda conversación en esta época, tocó en un momento dado los problemas de la mujer, y mi distinguido interlocutor expresó una idea que al llegar a mi mente sirvió de punto de partida a una serie de reflexiones que hoy traigo ante vosotros, en un intento de síntesis:

Antes de que la mujer cubana [dijo] pisara con frecuencia habitual las aulas universitarias, subiera a las cátedras y desempeñara los más altos ministerios en todos los órdenes profesionales, Cuba produjo varias extraordinarias capacidades femeninas, como —por no citar más que dos— Gertrudis Gómez de Avellaneda en el campo de las letras y María Luisa Dolz en el campo del magisterio. Realizaron esas mujeres, por sí solas, obra sólida, de valor permanente. Hoy, las mujeres cubanas en general, sin diferencia de clases sociales, estudian, se preparan para el oficio o la carrera, forman asociaciones culturales, intervienen en los problemas políticos, tratan de influir en todos los órdenes de la cultura. Pero ¿dónde están, entre ellas, las personalidades extraordinarias? ¿Cuál está realizando la concienzuda, la fuerte labor literaria que pueda alcanzar un alto renombre, extensivo a todos los países de habla castellana, como la Avellaneda? ¿Cuál se entrega a la obra educacional con la consagración creadora, con la devoción exaltada de María Luisa Dolz? La obra cultural de nuestras mujeres se ha atomizado al extenderse, ha descendido en nivel. Es preciso que algunas de ustedes, mujeres jóvenes o en plena madurez, se consagren a una labor de verdadera trascendencia en un campo determinado, se esfuercen por alcanzar la excelencia individual en una actividad señalada. A la labor de animación e impulso general hay que sobreponer una labor de especialización cultural. Necesitamos un Lyceum de especialistas.

Esta opinión, cargada de graves reparos, fue como un doble centro en torno al cual giró en espiral mi pensamiento. Doble, a causa de su aspecto positivo y de su aspecto negativo. ¿Por qué —me pregunté en primer término— la cultura femenina en Cuba da a este hombre sabio la impresión de haberse hecho cuantitativa en lugar de cualitativa, al evolucionar del siglo XIX acá? ¿Seremos capaces, las mujeres, de alcanzar un nivel medio de cultura, pero incapaces de llevar a ésta una contribución nueva: invención, descubrimiento, creación artística de valor imperecedero, labor sólida de investigación erudita, fecunda gesta de magisterio ejemplar? ¿Tantos afanes nos conducirán apenas a reforzar pobremente, con fútiles imitaciones, el trabajo que los hombres pueden realizar por sí solos con suficiente perfección? ¿Los prejuicios contra la capacidad intelectual femenina se comprobará que descansan sobre una sólida base? Salvo alguna rarísima excepción, de rasgos mentales vigorosamente masculinos («¡Es mucho hombre esta mujer!»), la mitad femenina del mundo, ¿no tiene ningún elemento esencial que aportar a la cultura universal? Aun en ese caso, ¿por qué esos tipos de excepción desaparecen —según mi interlocutor— (al menos en nuestro país) para ceder el puesto a una masa femenina más o menos culta y activa, pero en la que no se destacan ejemplos de suprema capacidad intelectual? ¿Será que hoy se producen con mayor frecuencia tipos femeninos superiores, y constituyen por lo tanto excepciones menos raras, como sucede entre los varones?

Estas y otras muchas interrogaciones empezaron a girar en mi mente, e impulsándome a buscarles respuesta, me indujeron a entrar en terreno oscuro y resbaladizo, donde apenas se traza camino que no se borre enseguida, como en la superficie del mar, en ese campo de constante controversia entre la mujer y el hombre, que no han logrado aún (¿lo conseguirán a1gún día?) establecer sobre bases de comprensión sus relaciones espirituales.

Si estamos de acuerdo en que cultura es el esfuerzo consciente mediante el cual la naturaleza moral e intelectual del ser humano se refina e ilustra con un propósito de mejoramiento colectivo, no es posible decir que existiera antes de fines del siglo XIX una cultura femenina. Lo que se cultivaba en la mujer por medio de las artes de adorno y de las faenas caseras, y, sobre todo, por el cuidadoso desarrollo en ella del espíritu de sumisión, era un ser cuya existencia se concebía sólo en función correlativa cuyo término era el varón o era el hijo. No importa cuál fuese la situación de la mujer —obrera obligada a ganarse el pan, dama (exquisita flor parasitaria), honesta ama de casa burguesa, monja, criatura caída en el deshonor y por ello privada del derecho a la luz del sol de acuerdo con leyes injustas y costumbres absurdas—, ella no podía desarrollar su propia personalidad. Era hija, esposa, madre, hermana, esposa del Señor recluida en un convento que representaba a veces, relativamente, una liberación; pero no podía ser ella misma, una individualidad humana. Su condición era análoga a la del esclavo, que existe sólo en función de un amo. Se la esclavizaba en nombre de su misión biológica. Quien estaba en la obligación de dar anualmente al mundo un nuevo ser y, al mismo tiempo, de realizar una complicada labor casera, no tenía posibilidades para mucho más. Era preciso que se dejara alimentar y cobijar como útil bestia doméstica. Y las que, a través del mundo, el demonio y la carne, se liberaban de esas cargas, tenían la de servir de instrumento de placer venal, pues no poseían ni preparación para otra actividad ni campo en que desenvolverse. Por eso el convento era una liberación relativa. Valga el recuerdo de sor Juana Inés: al menos llevar a la celda sus libros, su ciencia y su poesía, por un tiempo, antes de que, aun allí, la organización social la persiguiera hasta arrancarle la vida.

Como esa situación, modificándose muy lentamente, se prolongó hasta los albores de nuestro siglo, era de esperar que hasta ese momento sólo mujeres de capacidad intelectual extraordinaria y de carácter sumamente vigoroso pudieran destacarse. En tiempos de mis abuelas, en el seno de la sociedad hispanoamericana a que pertenecieron, todavía se enseñaba a las señoritas a leer, pero no a escribir, para que no produjeran cartas peligrosas (a menos que no se las escribiera el señor cura, como en Campoamor). En tiempos de mi madre, cuando ésta fundó la primera escuela secundaria para mujeres en su país, en colaboración con el sabio maestro Eugenio María de Hostos, fue duramente censurada por querer «sacar a la mujer del seno protector del hogar […]» y de la ignorancia que le era impuesta como una virtud inherente a su sexo.

Gertrudis Gómez de Avellaneda fue una gran rebelde, emancipada de muchos prejuicios, una de las primeras feministas del mundo en el orden del tiempo. María Luisa Dolz, que llegó más tarde y encontró la ruta más abierta, consagró la vida a su obra, suprimiendo de la suya ciertos aspectos de la existencia femenina para hacer total esa consagración. Otras mujeres, en Cuba y en el resto de la América española, podríamos citar como representantes de un gigantesco esfuerzo individual hacia la cultura; pero seguiría siendo imposible hablar de cultura femenina porque se pudieran citar una o dos docenas de nombres de excepción, por regla general, nombres de damas de posición económica desahogada.

El verdadero movimiento cultural femenino empieza cuando las excepciones dejan de parecerlo. En los últimos cincuenta años, la cultura femenina ha realizado un enorme progreso, que corre parejas con el de la liberación económica, la de ciertos trabajos domésticos, y de las cargas excesivas adscritas a la misión biológica de la mujer. El progreso científico ha hecho que las labores domésticas se reduzcan notablemente, aun en las clases pobres; de ese modo, la mujer ha podido salir a la vida pública a realizar trabajos que el hombre desempeñaba antes exclusivamente. Esos trabajos, retribuidos, le han dado, le están dando, progresivamente, la independencia económica. El mismo proceso económico la obliga a reducir en número la familia que es preciso mantener, y el avance científico que le permite lograr ese equilibrio le da la seguridad, que antes no tenía, de que la mayoría de sus hijos vivirá. A medida que va consiguiendo la liberación económica, la mujer va adquiriendo la libertad moral e intelectual que consiste esencialmente en la posibilidad de realizar su personalidad, su ser individual, con existencia posible independientemente del varón y del hijo. El ser humano femenino empieza a existir ahora.

Al llegar aquí, el problema se me escinde en dos partes. La primera no se refiere al grado de capacidad intelectual que pueda tener la mujer, ni a si traerá o no una contribución original a la cultura mundial. Se refiere al hecho en sí de que la mujer llega a la cultura: ese es el hecho esencial. La mujer es, como el esclavo que llegó a hombre libre, como el plebeyo que obtuvo la igualdad social y política, un ser que ha reclamado y está obteniendo sus derechos naturales. La mujer llega a la cultura cuando empieza a ser un hombre (no digo varón); cuando puede repetir las palabras de Terencio: «Hombre soy, y nada humano puede ser ajeno a mí». La llegada de la mujer, de la mitad de la humanidad, a la libertad y a la cultura es una de las mayores revoluciones de nuestra época de revoluciones. Y es un hecho histórico indiscutible e indestructible.

Las mujeres de excepción de los pasados siglos representaron, aisladamente, un progreso en sentido vertical. Fueron precursoras; a veces, sembraron ejemplo fructífero. Pero un movimiento cultural importante es siempre de conjunto, y necesita propagarse en sentido horizontal. La mujer necesita desarrollar su carácter, en el aspecto colectivo, para llevar a término una lucha que está ahora en sus comienzos. Necesita hacer labor de propagación de la cultura que ha podido alcanzar para seguir progresando. Y siempre que la cultura tiene que extenderse, da la impresión de bajar de nivel. Se trata de una ilusión óptica. Igual impresión se tuvo cuando empezó a aplicarse a la educación la teoría democrática. Porque aprendían los más y el mayor número siempre es mediocre, hubo quien tuvo la impresión de que el nivel cultural del mundo descendía. Impresión falsa.

¿Quién podría comparar al hombre bestia que tiraba del carro del faraón, bajo el látigo, capaz de sufrir sólo físicamente, con el obrero europeo hoy, que reclama derechos a ciencia y conciencia? ¿Quién podría comparar a la mujer medieval, golpeada, encerrada, y con frecuencia asesinada por su padre o por su dueño, vendida al burdel o entregada como oblata al convento sin que ni ella ni otro osaran levantar una protesta que, por otra parte, nadie hubiera escuchado, con la joven de hoy que conoce y discute los problemas de su vida, les hace frente para resolverlos y se da cuenta de todo el camino que le queda por recorrer? Pero aquello no ha impedido que el siglo nuestro produjera a Einstein, a Picasso, a Claudel. Esto no impide que entre las mujeres de hoy existan una Virginia Woolf, una Irene Joliet-Curie, una Gabriela Mistral.

Hoy es esencial seguir propagando la cultura femenina, y la mujer cubana, que en esa obra marcha a la vanguardia de las mujeres hispanoamericanas, tiene en ello una misión grave que cumplir. La mujer tiene todavía grandes luchas que librar para lograr la paridad con el hombre ante la ley y ante la vida. Es preciso llegar, como lo ha expresado enérgicamente una escritora cubana, «a una equilibrada concepción del sentido de la responsabilidad social que eleve los valores esenciales de la feminidad a categoría superior». Quizás las mujeres cubanas por dedicarse con tanto entusiasmo a esa labor de propagación no tengan ahora tiempo para la de concentración en el aislamiento que implica la creación de una gran obra personal en el arte o en la ciencia; pero están realizando una obra colectiva de inmensa trascendencia, en la que se suman sus esfuerzos a los de todas las mujeres americanas, como los esfuerzos de arquitectos, escultores y pintores sin nombre ni número conocido se sumaban en la magnífica realización de la catedral gótica, expresión viva de una época del espíritu humano. Esa labor de la mujer cubana será perdurable y su radio de influencia sobrepasará los límites del país. Si más de una capacidad personal superior palidece o queda escondida en el esfuerzo de conjunto, no lo lamentemos demasiado, porque nos ha tocado establecer los cimientos de un edificio indestructible.

En su carácter de grupo humano recién admitido a la libertad, la mujer tiene aún necesidad imperiosa de reclamar derechos imprescindibles de romper definitivamente trabas absurdas que mantiene la costumbre; de llevar a las compañeras de campos y aldeas los beneficios de la ciencia moderna; de hacer comprender a todas y cada una de las mujeres lo que significa su dignidad como seres humanos; de capacitarlas, dentro de sus posibilidades, para la apreciación de la belleza. Pero tiene la mujer otras razones urgentes para trabajar por la cultura. No se trata ya de terminar con la situación de esclavitud que le es particular, sino de hacer frente a los problemas generales que se presentan hoy al hombre. Vivimos una crisis, en la que fuerzas agresivas amenazan con destruir los valores sustanciales de la cultura, con el afán de detener la evolución natural de la sociedad. En un momento de crisis no es fácil determinar la ruta de la verdad; pero a la mujer corresponde aceptar en esta lucha su responsabilidad. A quien siempre ha correspondido la misión de proteger y guardar, le tocará llevar a cabo un gran esfuerzo por la defensa de los valores culturales.

Y el problema se me presenta, al decir esto, en su segundo aspecto. Aceptado ya el hecho incontestable del acceso de la mujer a la cultura, es lícito preguntarnos: ¿cuál será el aporte específicamente femenino que la cultura ha de recibir? Es demasiado pronto para que la mujer pueda determinar la esencia de su misión espiritual; pero en nuestra época que, como dice Jung, «padece de insuficiencia de nutrición psicológica», creemos cierto que la mujer tiene ante sí una formidable tarea cultural, que tal vez signifique, espiritualmente, el comienzo de una nueva época. La mujer busca una conciencia más alta, un sentido y designación de su fin, una clara determinación de la relación anímica entre los sexos. No sólo ha de hacer entrar en la cultura el sentido maternal de la existencia, que es ya su contribución visible. Ahora que ha abandonado la actitud de animosidad contra el varón (y de imitación de éste, a la vez), que pasajeramente adoptó en los inicios de la lucha, podrá llevar a sus realizaciones y a sus creaciones el sello de su espiritualidad, no menos fuerte que la masculina, sino de intensidad revestida de serenidad y profundamente vinculada a la vida. La mujer es mucho más psicológica que el varón. Su psicología es más inmediata y más rica. Se mueve fácilmente, con clara visión, en el mundo de la intuición, donde el varón se extravía. Tiene un sentido vital de las relaciones anímicas, de donde está surgiendo un nuevo mundo psicológico, y puede crearse mañana, por un último conocimiento de las leyes del espíritu, la base de una nueva moral.

Será cuando hayan resuelto una gran parte de tan complejos problemas —seguía yo pensando— cuando se conviertan las mujeres en grandes especialistas; será entonces cuando, espontáneamente, lleguen con mayor frecuencia al genio creador. No antes. En el seno de la esclavitud no se produjeron hombres de genio, salvo un fenómeno aislado como Epicteto, y aun ese varón excepcional sólo consiguió dar a la luz una filosofía de prisionero valeroso, que predica la conformidad con lo inevitable.

La inferioridad mental de la mujer ha sido principalmente falta de libertad. Y la libertad no se conquista de pronto; es obra prolongada, conquista cotidiana. Y pasarán siglos antes de que el goce de la libertad moral y del trabajo gustoso y el desarrollo del hábito de la labor mental seria, creen el clima dentro del cual pueda producirse, en la mitad femenina del mundo, un genio universal: Shakespeare, Goethe o Dante, Leonardo, Beethoven o Martí.

Pero ese día no llegará nunca sin esta preparación penosa, sin este afán nuestro, sin nuestra inconmovible decisión de que llegue. Y creo que en esta lucha, en que hoy parecen dispersarse nuestras fuerzas, estamos haciendo verdadera obra de concentración, de creación, que dará mañana cosecha cuya magnitud no puede medirse.

La acción colectiva es, hoy por hoy, la mayor necesidad que sienten los humanos. Las mujeres cubanas convocan ahora a un congreso específicamente femenino, conscientes de los muchos problemas que tiene que resolver la mujer, yo no diría únicamente como sexo, yo diría como clase social. Somos, hemos sido, una forma de proletariado. Ese congreso abogará —entre los numerosos asuntos que ha de abarcar— por el abaratamiento de los medios de enseñanza, por el planteo y resolución de los problemas que confrontan en su trabajo la mujer profesional y la artista; y sobre todo, por la popularización de la cultura en Cuba.

Las mujeres conscientes saben que en el momento en que los hombres vuelven a ser con violencia inusitada los feroces guerreros, brazo de la destrucción, la misión más grave de las mujeres tiene que ser tratar de salvar la cultura para los hombres del futuro. Para ello, necesitan unirse. Y lo necesitan también como grupo social, su no-existencia, su nulidad como seres humanos las había hecho hasta ahora un poco desconocerse y odiarse. La mujer era siempre para la otra mujer la rival en esencia o en potencia, puesto que ella sólo existía como correlativa del varón. Pero hoy cada mujer está llegando, a ser para las otras, con exclusión de su papel en las relaciones entre los sexos, una hermana en sufrimiento, en propósito, en deber; un miembro de la humanidad con análogos problemas vitales.

La mujer que adquiere conciencia de la responsabilidad colectiva, sabe que la unión es necesaria para lograr altos fines de interés humano. Por eso resulta particularmente doloroso que pueda haber aquí entre las cubanas —que tan conscientemente están contribuyendo a la liberación progresiva del espíritu y a la unificación de la voluntad de las mujeres— algunas que, aduciendo como razón sus creencias religiosas, se presten a mantenerse fuera de esta reunión en que el elemento femenino se organiza para luchar por causas justas. Esas mujeres no comprenden que no son los sentimientos religiosos los que las desunen de sus compañeras; porque la religiosidad tiene su morada inviolable en el recinto de la conciencia personal; sino que las apartan fuerzas de reacción que, al servicio de propósitos políticos, se empeñan en mantener aquel antiguo régimen, agonizante hoy, bajo el cual la mujer se hallaba en estado de paridad con el siervo cuando no con el esclavo.

Esas mujeres son ejemplo del elemento que se aferra a la servidumbre tradicional por ignorancia. Pero también padecen ignorancia de la esencia misma del movimiento de liberación femenina esas otras mujeres que, creyéndose nuevas y avanzadas, se complacen en ser míseras remedadoras del vicio masculino, y al abusar del deporte, de la bebida, del tabaco y del sexo, creen que se han libertado de una esclavitud porque han caído en otra, o se juzgan profundas en experiencia porque han trasladado a otro campo la frivolidad. La primera prueba de capacidad cultural que puede dar una mujer es la seriedad en el trabajo y ante la vida. Y yo no doy a esa palabra, seriedad, ningún sentido anticuado.

Para instruir a esas que ignoran, necesitamos la difusión de la cultura; para difundirla, necesitamos que la escuela y la cátedra, y la tribuna, y las exposiciones, y la prensa y la radio, y el teatro y el cine, nos sirvan para fines más ennoblecedores que facilitar la aprobación de algunos exámenes o corromper definitivamente el gusto literario y artístico. Se impone una campaña de propagación cultural cuidadosamente organizada con un criterio de selección. Cuando decimos que es indispensable propagar la cultura, no debemos dejar que el verbo nos haga olvidar el complemento sustantivo. Es la cultura lo que tenemos que propagar. Y la cultura es cosa fuerte y profunda. Si lo olvidamos, corremos riesgo de agitarnos en vano, cuando no perjudicialmente.

El Congreso Femenino planteará para resolución estos y otros graves problemas de la mujer en relación con la cultura. No pretende agotarlos, pues son, por su esencia, inagotables; pero esperamos todas que las ponencias que se presenten arrojarán luz en el camino y nos permitirán avanzar con mayor seguridad. La mujer cubana que sabe cuál es su deber, acudirá a cumplirlo.

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