La mujer ante el problema de la guerra y la paz, de Camila Henríquez Ureña
Señores 1:
El temor me hace llegar hoy en duda ante vosotros. No sé si debiera haber aceptado la invitación con que me han honrado las organizadoras de este acto, para hablar en él. En primer lugar, no es a mí, no es a ningún sedentario obrero de la palabra a quien correspondería en dignidad venir a hablar de la tragedia que está viviendo el mundo. Debería hablar alguien a quien una existencia de lucha activa, espiritual y material, por el mejoramiento de las condiciones sociales, diera autoridad y ciencia viva. Yo vengo de otro clima intelectual que no el de las luchas sociales. Las disciplinas que cultivo son mester de arte, situadas más allá del espacio y del tiempo, en el dominio no-dimensional de lo eterno. Al entrar en el terreno caótico de los conflictos materiales, no sé hasta qué punto pueden ser torpes mis ojos para percibir en la oscuridad o mis oídos, ineptos para descifrar discordancias.
No tengo más derecho a hablar del problema de la guerra y la paz, que una criatura humana que siente el dolor de las demás criaturas. «Hijo mío —escribía en la tristísima Rusia de ayer aquel místico amante de la humanidad que se llamó Fedor Dostoyevski— se ha creado entre nosotros en el curso de los siglos, un tipo superior de civilización desconocido en otras partes, que no se encuentra en todo el universo: el hombre que sufre por el mundo». Hoy, las condiciones modernas de la vida, al estrechar los lazos de comunicación entre todos los puntos de la tierra, han hecho que, frente a la tragedia universal, algo de ese superhombre aliente en todo ser que pueda albergar en su pecho un ansia de justicia y una inquietud por el destino integral de la humanidad.
En estos momentos en que las voces huecas de los dictadores prometiendo en todos los idiomas la paz a las naciones, llevan por acompañamiento negativo el zumbar de los aviones y el estallido de los obuses sobre poblaciones indefensas, y el derrumbamiento sobre las cabezas que debían proteger de los muros de ciudades que eran orgullo de nuestra ambiciosa civilización, todo espíritu capaz de simpatía humana se sobrecoge de horror, todo ojo capaz de una visión de futuro se siente enturbiado por el llanto. La angustia se ha hecho dueña del corazón de los hombres. No aislado, pero sí por encima del problema político, se plantea un pavoroso conflicto vital: estamos asistiendo a la destrucción de la humanidad. Los procedimientos de guerra actuales son eficaces para producirla. En el extremo oriental y en el occidental del Viejo Mundo arden hogueras que no se extinguirán por ahora. Todos sabemos que, insidiosamente, el fuego se propaga en torno nuestro, y que cubrirá la tierra entera. Todos vemos como una civilización se derrumba.
No sería posible que las mujeres —la mitad de la humanidad— permanecieran indiferentes ante tan pavoroso conflicto. Frente a la amenaza —cada vez más extendida— de una guerra mundial; frente a la sangre que sin cesar se derrama en tantos lugares de la tierra y que nada podrá rescatar; frente a los peligros inimaginables que los nuevos métodos de guerra multiplican cada día para las poblaciones civiles; frente a la indescriptible tortura en que se ha convertido el vivir para incontables adultos y niños; frente al reinado de la violencia sin frenos, las mujeres quieren dejar oír su voz. Muchas han pensado que una movilización de las fuerzas femeninas, de extensión mundial, debe llevarse a cabo contra la guerra, contra los regímenes de fuerza, contra los diversos atentados que se realizan constantemente para destruir las condiciones morales y materiales necesarias a la existencia humana digna de tal nombre.
El ser mujer me confiere así derecho a hablar del grave problema. Pero quiero establecer un punto que podría no ser interpretado justamente. Sin discutir el valor de los movimientos feministas que en determinados momentos han asumido caracteres anti-masculinos, en áspera lucha de las mujeres por la conquista de los derechos que le corresponden como ciudadanas y como seres humanos, quiero insistir en que la movilización femenina contra la guerra y la opresión tiene una carácter mucho más amplio.
Por este movimiento las mujeres no intentan reclamar derechos legítimos, pero secundarios en importancia; sino colocarse junto a los hombres en la lucha definitiva contra la injusticia social de que todos por igual son víctimas. Lo que reclamamos en esa lucha es nuestro puesto al lado de nuestros compañeros. «Cada nación requiere para salvarse —escribía José Martí— cierta porción de intelectualidad y elementos femeninos, y así como no se da hijo sin padre y madre, no se da pueblo sin la comunión afortunada de los elementos viriles y los femeniles del espíritu».
Las mujeres de hoy, en su mayoría, están de vuelta del antiguo concepto del feminismo que significó, (fenómeno natural, pero pasajero) antagonismo hacia el hombre. Si siguen organizando Congresos y Asociaciones privativas de su sexo, es con el fin de organizar las actividades femeninas, aún no encauzadas. Hace poco tiempo que la mujer ha llegado a la vida pública, con fuerzas y capacidades que ella misma ignora todavía. Siente la necesidad de descubrir en cada actividad aquellos aspectos más adecuados a su índole femenina específica. Las asociaciones y congresos femeninos tienen hoy por finalidad principal, poner de relieve los matices de la feminidad y movilizar sus fuerzas en el sentido de mayor cohesión, poniendo en contacto a las mujeres en la vida interior de cada país y en la vida internacional y desarrollando en ellas el sentido de la comunidad, «que no es otra cosa que el concepto de la responsabilidad individual en el bienestar colectivo». La necesidad en que aún se encuentra la mujer de conocer y valuar sus propias fuerzas y capacidades, aparte de las reclamaciones de derechos que aún tiene que hacer y le corresponden, explica el que no se conforme con tomar parte en los congresos y asociaciones reunidos por el hombre; sino que se crea obligada además a convocar Congresos femeninos, cuando ya los hombres no se les ocurre, al reunir un Congreso, especificar que sea masculino exclusivamente, sino que en ellos toman parte las mujeres. Aun así, los congresos femeninos no lo son tan exclusivamente como su nombre sugiere, pues solicitan la cooperación de los hombres.
Uno de los principales aspectos de la misión de las agrupaciones femeninas es la movilización de las fuerzas de la feminidad en favor de los ideales de justicia social y de paz entre los pueblos. Con esa idea y propósito se reunió en París, en agosto de 1934, el Primer Congreso Femenino Mundial contra la guerra y la opresión. Convocaron a ese Congreso mujeres representativas de todos los países, desde la señora de Sun Yat Sen, el famoso político chino, hasta la afamada novelista de Dinamarca, Karen Michaëles. Mujeres de cuarenta países, en número de 1100, de los más diversos caracteres individuales y tendencias sociales y políticas, corrieron a prestar su adhesión a ese congreso en el que se inició la lucha, organizada internacionalmente, de la mujer contra la guerra. Allí estuvo presente, por España, Dolores Ibárrurir, la Pasionaria; la América española estuvo representada por una argentina, una uruguaya, y una mexicana. Había allí mujeres universitarias, intelectuales distinguidas, y obreras de diversas ocupaciones; mujeres del pueblo, y descendientes de familias de la más antigua nobleza feudal. Había representantes de todas las razas, y miembros de agrupaciones tan disímiles como el Partido Comunista, el Socialdemócrata, el Partido Republicano Catalán, el Comité Jurídico Internacional, la Liga de Madres y educadoras, sociedades feministas y asociaciones de mujeres cristianas. Había ancianas venerables, madres y abuelas de hombres, y jóvenes y adolescentes, delegadas de las agrupaciones _____________.
Y, —en prueba de lo que antes dije— en la presidencia de honor y tomando parte activa, a veces, en las sesiones se encontraron algunos de los más ilustres varones del mundo actual: los escritores franceses Henri Barbusse y Romain Rolland, el Profesor Langevin, famoso en los análisis de la ciencia; el gran educador norteamericano John Dewey, y aquel noble artista y luchador infatigable que fue Máximo Gorki.
En este Congreso se elevaron voces de mujeres ilustradas, conscientes, en defensa de convicciones sólidamente establecidas; voces de mujeres sencillas, guiadas sólo por su corazón y su buen sentido; voces de campesinas, de mujeres revolucionarias, de cristianas que interpretaban las palabras del Evangelio; de pacifistas sinceras que se habían dado cuenta de que la condena moral de la guerra no basta, que el deber de los que quieren la paz es organizar la lucha efectiva, constante, tenaz, contra las causas de la guerra.
El Congreso elaboró una «Carta de los derechos de la Mujer» y un «Manifiesto» a todas las mujeres del mundo y dejó fundadas numerosas agrupaciones que trabajan sin cesar, principalmente el Comité Mundial de Mujeres, en el que entre 40 países, figura Cuba, representada, cuando se fundó el Consejo, por una mujer de inteligencia y de carácter, María Villar Buceta.
La extensión de ambos documentos no nos permite citarlos completos; pero he aquí algunos párrafos que pueden darnos la idea general de su contenido. (Insértese el Manifiesto Adjunto).
Tanto el Comité Mundial de Mujeres como todas sus ramificaciones que son las numerosas Ligas y asociaciones pro-paz, trabajan desde entonces constante y activamente en la organización de las mujeres del mundo entero dentro del movimiento de unificación de las diversas fuerzas políticas y sociales contra la guerra y la injusticia.
No se ha ocultado a los congresos oficiales la importancia poderosa de ese movimiento femenino. En reconocimiento de ella, en 1936, la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, reunida en Buenos Aires en el mes de diciembre, adoptó una resolución favorable a las mujeres de la América española, todavía privadas en ciertos países de derechos elementales, y ansiosas de colaborar en la obra general de la paz. La Conferencia, integrada en su inmensa mayoría por hombres representativos de nuestros 22 países acordó «imponer a las mujeres de América como un deber su colaboración en la labor en pro de la paz».
Como vemos, esta resolución, ya que la Conferencia laboraba especialmente por la consolidación de la paz, se refiere, más que a la lucha de carácter inmediato contra las posibilidades actuales de guerra, a la lucha más lenta, pero de resultados definitivos, que se dirige al futuro, por medio de la educación, de la orientación pública y de la protección humanitaria.
A la mujer corresponde la mayor parte del trabajo de transformación de la sociedad por medio de la educación, por la transformación de las conciencias; sustituyendo el antiguo espíritu de rivalidad y emulación como base de la educación, por el espíritu de cooperación. «Aunque las conferencias del desarrollo consiguieran el milagro del desarme total —Dice R. Llopis— no se habría adelantado gran cosa si subsistiese en cada individuo un soldado dispuesto a guerrear. Hay que desarmar las conciencias. El verdadero desarme es el desarme moral».
Desde el punto de vista humanitario, de protección a la criatura humana, corresponde a la mujer, especialmente, una labor de urgente necesidad actual: la salvación de la infancia. En este momento la guerra está destruyendo nuestro mundo civilizado. Para que sobre sus ruinas se levante un nuevo mundo, más feliz acaso, una humanidad nueva ha de construirlo. ¿Dónde están los hombres que han de formarla? ¿Qué podemos responder a esa interrogación que surge inevitable ante los campos erizados de millares de cruces blancas, ante los millares de cadáveres perdidos en lodazales y hondonadas, ante los millares y millares de cuerpos hechos átomos por las explosiones, ante la muerte, la muerte ilimitada...? Si ha de brotar mañana ¿dónde podrá guardarse nuestra simiente?
Sin duda en esos que no saben luchar, sino sonreír o llorar, en esos que contemplan estupefactos una catástrofe que no comprenden, en esos que aún no saben andar y se están quedando solos en los caminos. Cuerpecitos trémulos, ojos sorprendidos, mejillas surcadas de lágrimas, bocas que gritan un dolor que no sabrían explicar. Algunos, muchos, caen muertos también alcanzados por la piedra, por el plomo, por el acero (¡oh vergüenza!). Pero otros escapan, navecillas sin norte, alas leves entregadas a un viento de huracán; escapan para seguir viviendo y sufriendo sin saber porqué. Varios trozos de mundo están siendo asesinados en el curso de su vivir cotidiano. Y ahí está nuestra simiente. Ahí están los niños, como los perros del poema de Rafael Alberti, «que de improviso surgen de las rotas neblinas, arrastrando en sus tímidos pasos desorientados todo el terror creciente de su casa en ruinas».
Tiene oídos enfermos y ojos aterrados. Tiemblan, piden pan, lloran. Allá van, arrastrándose, pulmones secos, costados abiertos, cuerpos como tallos débiles. Y ellos son todo el futuro, toda la esperanza que podemos tener sobre la tierra. ¿Qué haremos los hombres de hoy si no salvamos a los niños? ¿Para qué servirán todos los esfuerzos por crear un mundo mejor?
Allá en China, allá en España asesinada, mueren los hombres y las mujeres sabiendo que sus hijos quedan a la merced del más incierto destino.
A todos los «hombres que sufren por el mundo», a las mujeres en especial, toca organizar la ayuda moral y material para restituir y conservar la salud del cuerpo y el alma a millares de niños sufrientes. El futuro próximo es ominoso. La sombra de la guerra se extiende fatalmente sobre la tierra. En todos los continentes, en todos los países, uno tras otro, sonará la hora oscura. Si ha de volver la claridad en un futuro lejano, unamos todos nuestros esfuerzos para salvar la humanidad de mañana en los niños de hoy. Es, quizás, nuestra mayor responsabilidad histórica.
Señores: las mujeres cubanas, conscientes de las graves responsabilidades de la hora presente, han convocado un Congreso femenino nacional que ha de reunirse en breve. Entre los problemas que ese Congreso nos planteará ocupa lugar principal el de la labor en pro de la paz internacional y de la paz civil interior, amenazada siempre, dado nuestro inestable equilibrio social y político. Para esa obra, de importancia trascendente, se ha hecho llamamiento a todas las mujeres del país, con el propósito de que todas contribuyan a considerar la necesidad de la paz y a analizar los medios más eficaces con que la mujer puede contribuir a establecerla. Cuba y el mundo entero esperan que la mujer cubana sabrá cumplir con ese deber.
Yo sé que, después de oír pacientemente mis palabras, estaréis pensando que es candidez excesiva esta de hablar de paz en los momentos en que todo el mundo sabe a conciencia que la guerra avanza a pasos agigantados y que no es probable que nada pueda detenerla ahora. En efecto, si no fuera porque tengo la íntima seguridad de que el mundo del futuro sólo puede derivar su significado de la voluntad de los hombres del presente, no me hubiera permitido abordar este tema. Pero yo creo que es precisamente porque la guerra se aproxima, porque ya se cierne sobre nosotros, por lo que es necesario hablar de paz. Las formas son transitorias, pero el mundo subsiste a través de sus transformaciones. Es hoy cuando forjamos el mañana y nuestro mañana, si ha de brillar, tendrá que ser de paz. «El destino total de todo lo que los hombres expresan en la palabra cultura —dice André Malraux— está contenido en una sola idea: transformar el destino en conciencia. Por eso el destino, en sus varias formas, debe ser primero concebido para poder ser luego dominado». Concibamos la paz ahora, para que haciéndola brotar del seno mismo de la guerra, podamos al fin llamarla nuestra.
Extraído de:
- Henríquez Ureña, Camila. Obras y apuntes. Tomo V. La Habana: Editorial Universitaria, 2020. https://docplayer.es/62990032-Obras-y-apuntes-camila-henriquez-urena-tomo-v.html (16/septiembre/21).
_______________
1 (N. de la edición). Tanto la fecha, 7 de noviembre de 1938 (en que se conmemora la Revolución de Octubre), como su pudor por no provenir de un clima de luchas sociales, sino de uno intelectual, y su autorretrato como «sedentaria obrera de la palabra», parecen indicar que está dirigiéndose a miembros de organizaciones obreras, como parte del programa de agitación previo al Congreso Nacional Femenino. En «En torno a un problema vital», texto de una disertación para la emisora Radio Salas, del 8 de noviembre de1937, aparecen ya algunas de las ideas y frases utilizadas luego por Camila en este trabajo.