En la cárcel de Guanabacoa, de Camila Henríquez Ureña


Nos reunimos hoy aquí1 gracias a la iniciativa de un grupo de mujeres conscientes: el que integra la Comisión Protectora del Preso. Es éste un primer paso en el largo camino que se proponen recorrer para realizar una magna labor: mejorar las condiciones de vida de los penados, contribuyendo a su bienestar intelectual y moral por medio de la instrucción y la educación; a su bienestar material, solicitando el aumento de los presupuestos del Estado para establecer las reformas útiles y necesarias en los establecimientos penales y por fin, más allá del límite de las puertas de esos establecimientos, penales, poniendo todo un afán en ayudar al preso a volver al seno de la sociedad en condiciones útiles, prestándole todo el apoyo que hasta ahora le ha faltado. Todo esto y mucho más se propone realizar la Comisión Protectora del Preso, por medio de la actividad de sus secciones de Higiene; de Ayuda Material y Jurídica y de Cultura, integradas todas por personas de capacidad técnica y de responsabilidad moral, colaboradoras, entusiastas en esta importantísima labor.

La donación de esta Biblioteca a la Prisión Nacional de Mujeres, constituye, hemos dicho, un primer paso en ese camino. Es una fundación porque una biblioteca es una ciudad de libros, y confiamos en que ella, ahora de pequeña población, se convertirá con el tiempo en una gran ciudad. Es un placer real para mí, hablar un momento con ustedes en el día de hoy; porque él es para esta casa, un día de regocijo. ¿Cómo podría ser de otra manera? Si hoy se celebra aquí la llegada de un grupo de amigos tan útiles como leales, amigos siempre dispuestos a prestar ayuda; y a dar consejo, o a proporcionar placer; amigos incapaces de romper nunca los lazos de la amistad.

Los libros son esos amigos. Recíbanlos con el corazón abierto. Lo que acabo de decir no es nuevo. Todos podemos haber oído alguna vez esas palabras: los libros son amigos. Pero en este día yo deseo recordar aquí brevemente por qué se dice esa frase; examinar algo de su significado; recordar qué pueden hacer por los seres humanos, hombres y mujeres, los libros, sus amigos.

Si yo les dirigiera esto como una pregunta, sé que muchas me contestarían: «Los libros pueden darnos instrucción». Y otras me dirían: «Los libros pueden hacernos pasar ratos agradables...» Y todas dirían la verdad. Los libros nos instruyen: son maestros. Los libros nos divierten: son compañeros amables. Y es importante para todos adquirir conocimientos, porque el hombre que más sabe es el que puede hacer más; y la vida no [¿?] es eso, un gran ________. Y también es necesario para todos pasar ratos de diversión, porque necesitamos reposar de la fatiga y las preocupaciones.

Pero ¿todo lo que nos enseñen nuestros amigos los libros será una seca, aunque útil lección de gramática o de aritmética o de geografía? Todo el placer que nos den será movernos a risa o a curiosidad pasajera?. No: esos maestros y compañeros tienen una capacidad más alta: nos enseñan a ser, nos ayudan a vivir.

Porque todo lo que los libros nos proporcionan no viene de afuera; hay mucho que ellos sacan de nosotros, para nosotros mismos. Una buena lectura es como una azada que rompe el suelo de nuestra alma, para que sea labrada y cultivada. El que no ha leído bastante no sabe cuántas cosas puede llevar dentro de sí.

Todos tenemos muchas cosas dentro, que quisiéramos decir. No siempre lo sabemos; pero leemos, y nos encontramos en el libro con muchos pensamientos que nosotros casi habíamos pensado y que allí están expresados claramente. De manera que después de leer sabemos lo que pensamos, y nos sentimos más felices, porque es como si de repente pasáramos de un cuarto oscuro a la claridad.

Otras veces, un libro nos dice cosas muy nuevas; porque un libro es un ser humano; es un hombre o una mujer que nos escribe y nos dice sus pensamientos. Un libro que leemos en una larga conversación con la persona que lo ha escrito. Nosotros, al leer le preguntamos con nuestro pensamiento, y él nos contesta. Y así como a veces decimos: «Eso es así: yo lo he pensado antes», otras veces decimos: «¡Qué extraño es esto! No lo he pensado antes, y sin embargo, me parece que es verdad. ¿Cómo no se me había ocurrido?» Y así, en conversación con el amigo, aprendemos a pensar.

Como los libros son personas que nos hablan, nos dan a conocer la vida. Por supuesto, todos nos figuramos que conocemos la vida. El que dispone de medios para procurarse los goces aparentes de la existencia y se cree más o menos dichoso porque vive regaladamente, sonríe engreído y dice: «¡Si conoceré yo la vida! Pero no conoce las luchas, los sufrimientos de la vida miserable, que a veces hacen más fuerte el alma del que la vive; no conoce tampoco la paz limitada de la vida humilde, a veces la más dichosa. En cambio, aquel para quien la existencia ha sido siempre una lucha ruda, que ha sufrido duros golpes, que sabe de miseria, de injusticia, de desesperación, sonríe amarga, despreciativamente: «¡Si conoceré yo la vida!» Y sin embargo, todas las cosas lindas del mundo, esas que no se compran, sino que a todos nos rodean, están pasando junto a él sin que las vea.

Una mitad de su ser está muerto. Nadie conoce toda la vida por el solo hecho de vivir. Todos estos hombres y mujeres que nos hablan en los libros nos dan a conocer su experiencia de la vida; nos enseñan a vivir más completamente y quizás pueden traer grandes cambios a nuestra vida, porque esa experiencia que aplaudimos no se quedara escondida en nosotros, sino que la usaremos, la aplicaremos a nuestra existencia de todos los días. Vayan ustedes a ver en los libros cuántas cosas más hay en la tierra y en el cielo y en los hombres, ¡cuántas cosas más de las que ustedes sabían que existían!

Los que no conocen los libros, creen a veces que tratan de cosas fuera de la vida, cosas imaginadas, fantásticas; y que la belleza y la poesía sólo existen en la imaginación. Pero no es así: los mejores libros nos enseñan a ver la belleza del mundo que es de todos, a poner atención en las cosas usuales en que nunca nos fijamos, a comprender que todo lo que hacemos significa algo en la vida de todo el mundo a ver todas las cosas que están por hacer y que hay que hacer todas las que podemos hacer. Cuando hemos leído bastante la vida dura y monótona de todos los días, llega a parecernos lo que es: un interesante viaje, una útil labor en la que todos nos toca una parte. No piensen ustedes que sólo se habla en los libros de héroes poderosos y felices. Los libros exponen también los sufrimientos, y las injusticias, y nos animan a buscar el camino para remediarlos, nos anuncian un futuro mejor.

Además, la vida de los libros es más larga que nuestra vida. Las cosas que los hombres no quieren que se acaben, porque son buenas y útiles, las ponen en los libros. Y los hombres se mueren; pero lo que ellos escribieron sobrevive. Los libros nos enseñan lo que ha pasado antes, para que nosotros podamos utilizarlo ahora y preparar lo que ha de ser mañana.

Nada en el mundo lo hace un hombre solo. Tenemos que contar con todos los demás. Con todos los hombres que existieron antes, que prepararon lo que es ahora, con los hombres de todos los países del mundo, para mejorar lo que hay ahora, y preparar lo que será. Los libros nos dan a conocer la vida del mundo; en todos los tiempos y en todas partes. Nos descubren el pasado, nos describen el presente y nos anuncian el porvenir, hacia el que mira siempre nuestra esperanza.

Los libros sólo contienen palabras, pero esas palabras representan todas las cosas y los seres. Cada palabra nueva cuyo significado aprendemos nos da a conocer un pedazo de la vida que no sabíamos que existía. Aprender el significado de nuevas palabras es como viajar y conocer nuevos países.

Reciban ustedes con alegría a estos amigos, que amigos son quienes enseñan a ser mejores, a ser más útiles, a comprender mejor lo que tenemos que hacer en el mundo: los que nos ayudan a hacer de nosotros mismos algo nuevo.

Estos son, delante de ustedes horizontes abiertos. En cada libro que se lee y entra por una puerta franca, al dominio de lo desconocido.

Extraído de:

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1 Palabras pronunciadas con motivo de la fundación de la biblioteca de la cárcel. La Habana, 1936.