La emancipación de la mujer1
Rita Cetina Gutiérrez
Al proponernos hoy trasladar al papel nuestras ideas acerca de un asunto tan importante como es el de la emancipación de la mujer, no tenemos más objeto que esclarecer más nuestras creencias sobre esta cuestión; aunque ya muchos ilustres y distinguidos escritores hubiesen tratado de ella detenidamente.
Poco o nada quizá conseguiremos, toda vez que tan esclarecidos talentos la han discutido y considerándola bajo diferentes formas. Sin embargo, nosotras, aunque débiles, no omitiremos explanar nuestra opinión en este asunto.
La emancipación de la mujer, como nosotras la entendemos, no separa a ésta moralmente del dominio del hombre, ni puede dar jamás el resultado de la abdicación de los sentimientos más nobles y más puros de su alma; y si con ansia la deseamos, es porque quisiéramos verla libre de las preocupaciones que sin cesar la circundan, haciéndola vivir en la ignorancia y constituyéndola por lo tanto en un ser excesivamente desgraciado.
Dotado por la Providencia de facultades intelectuales como el hombre, quisiéramos verla colocada al nivel de éste, dividiendo con él sus trabajos material y mentalmente.
Cuando Dios, después de la grande obra de la creación del Universo, formó al hombre de tierra, infundiéndole luego un alma a imagen y semejanza suya, de un destello de su divinidad, creó también el alma de la mujer. Ambos fueron dotados por Él de inteligencia, razón y sentimientos: ambos fueron dotados del libre albedrío. ¿Por qué tenerla sumida en la ignorancia y emplearla solamente en el trabajo material? ¿Por qué no acercar a sus secos labios las bienhechoras aguas de la ciencia para que, apurándolas, pueda levantarse de la postración en que ha vivido tanto tiempo? Queremos, pues, deseamos con ardor que la mujer se ilustre para que, abarcando su inteligencia todos los conocimientos del hombre, pueda indagar y descubrir, como él, los secretos arcanos de la naturaleza. ¿Olvidaría por eso los sagrados deberes a que está sujeta en la tierra? ¿Dejaría de ser hija amante, esposa tierna y madre cariñosa? “No; lejos de olvidarlos se haría más esclava de ellos, porque comprendería mejor la virtud, lo que vale y su práctica en este mundo”. Negando a la mujer la ilustración, educándola simplemente para ama de gobierno, no se tendrá derecho nunca para exigirle que sea buena, que sea virtuosa. Nadie puede dar lo que no tiene. Ella dirá: ¿cómo quieren que haga esto si no me han enseñado a hacerlo?
Ilústrese el espíritu de la mujer y, al mismo tiempo de aborrecer y despreciar lo malo, admirará lo grande, lo sublime; amará lo justo, lo noble, lo bueno.
Para conseguir la rehabilitación de la mujer no hay más que un medio: la ilustración. Désele, pues, la instrucción necesaria, cultívese su razón, su inteligencia, para que pueda con libertad tender su vuelo y colocarse en la misma posición que el hombre. “Lo que buscamos y deseamos es el equilibrio en el espíritu; la unión completa de la familia, de la sociedad, sin menoscabo de la dignidad de ninguno de sus miembros”.
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1 La Siempreviva. Año I, núm. 2. Mérida. 19 de mayo de 1870. pp. 1-2. Transcripción y actualización: Haydeé Salmones.
Extraído de:
- Decimonónicas. «Rita Cetina Gutiérrez». Decimonónicas: catálogo de autoras mexicanas del siglo XIX. https://www.decimononicas.com/cetina-rita (14/octubre/21).