Los hombres y las cosas solo querían jugar
Rosario Castellanos
Alguien ha dicho que América es un continente cuyo destino consiste en ser descubierto (o inventado, como preferiría O’Gorman) constantemente.
En efecto, desde el momento mismo en que se establecieron los primeros contactos con Europa, los recién llegados encontraron tal abundancia, tal exceso de material —tanto humano como físico, tanto paisaje como cultura— que no tuvieron más remedio que dedicarse a hacer inventarios, en verso y en prosa. Pero el resultado de esos inventarios es muy curioso porque lo era también la actitud de quienes los escribían. Como no estaban movidos por un afán de comprender, ni de clasificar, ni de explicar ni, en fin, «de poner una camisa de fuerza a ese loco furioso que es el mundo», sino por un ansia de exhibir, en sus métodos de investigación y en su estilo de redacción ocupaba un lugar preponderante la fantasía.
Qué geografía maravillosa, qué fábulas inagotables, qué paraísos encontrados tuvieron a disposición los europeos durante siglos para consolarse de unas condiciones de vida demasiado duras, para evadirse de unas leyes científicas demasiado rígidas, para nutrir su imaginación.
Los que llamados por tantos cantos de sirenas se decidieron a emigrar tuvieron la oportunidad de enterarse por sí mismos de que no había nada nuevo bajo el sol y de que cuando existía algo diferente no siempre era preferible.
Por su parte, América hacía lo posible por incorporarse a Europa, por asimilarla, por imitarla y por desarrollar una historia dentro de los cánones tradicionales de Occidente.
El levantador de inventarios, el cronista, fue sustituido por el intelectual con sentido de responsabilidad. Y de responsabilidad ética más que estética porque los acontecimientos que presenciaban, de los que eran protagonistas o que se hacían la ilusión de dirigir, eran heroicos, sublimes, trágicos, pero sobre todo incoherentes. Era preciso, en primer lugar, reducirlos a la razón, a la lógica, a cualquier sistema. No con un mero afán especulativo, desde luego, sino con un propósito ulterior de modificarlos.
Pero la realidad americana, concebida como enigma, sólo permitía dos actitudes: la descripción (que, por desgracia, nunca fue más allá de sus apariencias hasta alcanzar la raíz, la ley reguladora de los fenómenos variados y contradictorios) y la evasión ante un problema complejo y, quizá, irresoluble.
A pesar de sus limitaciones la corriente realista ha sido, hasta hoy y en todos los países hispanoamericanos, la más vigorosa y la que ha llenado los anaqueles de las bibliotecas con el mayor número de libros. Su vicio original —la superficialidad— se manifestó muy pronto en la formulación de una serie de clichés que ya no nos queda más remedio que considerar como clásicos. Si se trata de la naturaleza es, desde luego, indomeñable. Selvas devoradoras, ríos desenfrenados, llanuras sin límites, montañas inaccesibles, pantanos traicioneros. A los que hay que añadir, como si no fuera suficiente, una fauna de ejemplares que, si no son feroces, son infecciosos o pestíferos.
En tales circunstancias, ¿qué puede hacer o qué puede ser el hombre? Vayamos por partes. El hombre que vive en contacto directo con la naturaleza puede convertirse en guiñapo, envilecerse con la ayuda de cualquier estupefaciente, perder la relación con los demás, o simplemente, morir. El hombre que convive con sus semejantes padece, desde luego, la explotación de que lo hace víctima el poderoso que reúne, en un solo haz, el poder político y económico. Como es una víctima acapara todas las virtudes que resplandecen en medio de la miseria, la ignorancia y la enfermedad en que se debate. Mientras el privilegio de la fortuna, en el momento en que deja descansar el látigo y de chupar la sangre de los pobres, se convierte en un snob si es intelectual y en un rastacuero (¿la popularidad de esa palabra debemos agradecérsela a Spota, autor de Casi el paraíso?) si es un aristócrata. Tiene conflictos sentimentales o de honor, se esfuerza por crear una obra —aunque la justicia poética lo condena ab initio a la esterilidad y, en suma, la pasa muy bien aunque los remordimientos (del autor, no los propios) no le permitan disfrutar ninguna de sus ventajas.
La literatura de evasión tampoco ha calado más hondo ni al soñar ha soñado sueños más originales. El juego al que este tipo de escritores se ha entregado con más frecuencia es el de vendarse los ojos y colocar la cola al burro. El burro es, claro, cualquier situación y la cola es la ley de la casualidad que si se aplica donde no funciona resulta deliciosamente sorprendente. También se ha descubierto un mecanismo (y se ha repetido hasta la extenuación): confundir los géneros próximos y las diferencias específicas para que los objetos resulten indefinibles. O enumerar sus cualidades tan minuciosa, tan exhaustivamente, con una ausencia tan total del principio de selección que ninguno sea capaz de reconocerlos. La supresión de la memoria como una facultad humana bastante común, la repetición cíclica de algunos hechos, son también recursos que todavía muestran cierta eficacia para hacerle creer al lector que el autor es un hombre de imaginación y que la obra no tiene nada absolutamente que ver con la realidad circundante.
Pero la realidad, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, está todavía allí: intacta, bueno, no precisamente intacta, rasguñada; esperando la develación.
Si Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier son grandes es porque se han enfrentado a la esfinge armados de los antiguos mitos a los que han devuelto su sentido original y cosmológico.
Pero hay un nuevo camino que es el que Luis Guillermo Piazza intenta en esa especie de instantánea que ha tomado desprevenida a Hispanoamérica y que nos entrega en su libro Los hombres y las cosas sólo querían jugar.
Lo esencial es el punto de vista en el cual se coloca el autor y que no es, de ninguna manera, aquel que ha llegado a constituirse en el surtidor de lugares comunes que los lectores padecemos. Es un punto de vista panorámico que, burlando los límites de lo regional y haciendo a un lado los métodos del costumbrismo, llega a encontrar las constantes de nuestra historia. Sólo que las representa al través de imágenes que son el polo opuesto de lo obvio.
Por ejemplo, nuestra condición de países subdesarrollados, de exportadores de materias primas, la hemos visto retratada en el caucho, en el azúcar, en el petróleo. ¿Pero en la prostitución? ¿No es esto mucho más grave puesto que la materia prima está constituida por personas humanas, rodeadas en su degradación, en su cosificación, por un cierto esplendor que las hace aún más patéticas?
Por ejemplo, nuestras dictaduras… para no hablar de nuestras democracias sui generis. Sí, ya sabemos —hasta la saciedad y la saciedad impotente, que es la peor de todas— el cuento de las torturas, de las persecuciones, de las cárceles llenas de los enemigos políticos. ¿Pero de que se haga un carnaval por decreto y los soldados arrojen serpentinas y orquídeas y maten a un caballo porque las pisotea?
De nuestra política internacional no nos enteramos más de lo que nos permiten los diarios. Y por eso mismo suponemos que la hacen hombres graves, enterados, cuya acción determinará si no el equilibrio de las fuerzas mundiales, por lo menos la órbita según la cual giraremos como satélites. Pero he aquí que los Hombres Importantes que se Reúnen para Tomar Resoluciones se divierten «sin sensatez, alterando importantes documentos (temores histéricos por temores históricos)… alegando a los periodistas con las noticias falsas de guerras y revoluciones, haciendo acusaciones injustas a las esposas de los embajadores en la cara de ellos».
La gente de buena voluntad ha gozado siempre del respeto de los otros. Pero cuando —como Emma Brahms— forma parte de un Comité de Promoción Artística de las Cuatro Américas y cree que basta con enseñar a leer y a bañarse a los nativos para que sean felices; y organiza actos en los que se cantan himnos de las Repúblicas e induce a una alcaldesa brasileña para que proporcione a sus súbditos tropicales una Navidad blanca en la que se arroja nieve artificial desde un avión «mientras los renos prestados por el zoológico del Bronx corren asustados»… no únicamente dan ganas de reír sino de hacer algo más drástico.
De la enajenación teníamos nociones, quizá experiencias. Pero aquí se denuncia a un alemán radicado en Guatemala que construye un castillo feudal, que realiza sus fantasías medievales simulando combates entre indios que atacan con flechas y otros que se defienden arrojando piedras y aceite hirviendo.
Luis Guillermo Piazza descubre, como sin querer (aunque no nos engaña, esto no puede ser sino el resultado de una larga paciencia), una veta que lo conduce hasta los primeros cronistas. Ese espíritu despojado de prejuicios, abierto a todo lo posible, es el mismo. Pero Luis Guillermo Piazza tiene a su disposición las técnicas más nuevas y las más disímbolas. Y el maridaje de elementos tan distintos y tan distantes se logra con facilidad, con felicidad y con gracia.
Extraído de:
- Castellanos, Rosario. Juicios sumarios: ensayos. Xalapa: Universidad Veracruzana, 1966. https://1lib.mx/book/5814357/affb90 (25/septiembre/21).