El espíritu femenino

Rosario Castellanos


Cuando definimos el espíritu como una conciencia de la limitación, la temporalidad y la muerte, como una actividad salvadora orientada hacia los valores y plasmada en la cultura hablamos, casi sin excepciones, de espíritus masculinos. Una revisión a la historia no nos deja dudas acerca de esto. Ha sido el espíritu realizándose al través de cuerpos de hombres, ha sido el espíritu masculino quien lo ha hecho todo o casi todo. El hombre (y esta afirmación es un axioma que no necesita demostrarse) es el rey de la creación. Sobre sus hombros está su cabeza que, a juzgar por la cantidad y la solidez de sus contenidos, debe pesarle tanto como el mundo. Él es quien inventa los aparatos para dominar a la naturaleza y para hacer el tránsito humano sobre la tierra más cómodo, más fácil, más agradable. Él es quien lleva a cabo las empresas comerciales, las conquistas, las exploraciones y las guerras. Él es quien dice los discursos, organiza la política y dicta las leyes. Él es quien escribe los libros y quien los lee, quien modela las estatuas y el que las admira. Él descubre las verdades y las cree y las expresa. Es el que tiene los medios de comunicación con Dios, el que oficia en sus altares, el que interpreta la voluntad divina y el que la ejecuta. Él es el que diseña los vestidos que usarán las mujeres y el que aprueba el diseño de los vestidos. Él es... y no vamos a caer en el lamentable lugar común de los feministas de suplir el presente del verbo por un pretérito tan optimista como falso. Repitamos con mayor énfasis y con una sencillez que abarque todas las actividades del hombre: él es. Todo lo demás está sujeto a su dominio y depende de su habilidad: las cosas, los animales, las mujeres. A propósito de las mujeres (ya casi nos habíamos olvidado de ellas en este cuadro en el que la primera figura destaca de manera tan absoluta), son, al lado de tan luminoso ejemplar como el que hemos señalado anteriormente, una humilde sombra. Su debilidad y su tontería están compensadas por cualidades de otro orden que los hedonistas saben apreciar. Expulsadas del mundo de la cultura, como Eva del paraíso, no tienen más recurso que portarse bien, es decir, ser insignificantes y pacientes, esconder las uñas como los gatos. Con esto probablemente no vayan al cielo, y además no importa, pero irán al matrimonio que es un cielo más efectivo e inmediato. Conseguirán que un hombre las ampare y las valga en la doble acepción castiza y weiningeriana. Un hombre que trabaje por ellas, que piense por ellas y que se sienta superior a ellas. El hombre y la mujer formarán una pareja, un hogar, una familia. Si la mujer tiene disposiciones culinarias hará engordar al hombre que la ha desposado y engordará ella misma. Adquirirá muy pronto un aire de satisfacción y lo contagiará a su cónyuge, quien a esas alturas estará perfectamente domesticado y convencido de que cualquiera inquietud que no gire dentro de este círculo familiar (inquietud que alimentó furiosamente durante su adolescencia ante la decidida reprobación paternal, inquietud que reprueba hoy con idéntica energía en la adolescencia de sus hijos) es deleznable o peligrosa. (Cada mujer es, antes del matrimonio, una Circe en potencia. Y después de casada una Circe en plenitud. Y cada hombre soltero es un candidato a víctima de Circe. Y casado, un candidato metamorfoseado en... víctima.) Y sin embargo en este hogar se utilizarán aparatos que inventaron hombres con inquietudes deleznables y peligrosas; leerán libros que escribieron hombres que fueron inhábiles para los negocios; oirán música compuesta por hombres que no acertaron nunca con la clave de las relaciones humanas y que desdeñaron los lazos familiares. En suma, la confortabilidad y los seguros y fáciles placeres de este pequeño mundo que es un hogar, estarán en gran parte condicionados y garantizados por ese otro mundo «lleno de varones solos» que dijera el poeta1. Al aludir a estos varones solos estamos, entre los innumerables pasos que van «del cretino al genio»2, más próximos de éste que de aquél. Él es el ser, en quien las características espirituales se exacerban y se agudizan, el que tiene la conciencia más clara de su ser y del ser del universo y subordina su conducta a esa conciencia. Al subordinarla se desliga, hasta donde esto es posible, de la realidad ambiente y de sus urgencias para abarcar una realidad más amplia y más verdadera. Si ser un hombre común y corriente ya requiere una actitud ascética de renunciamiento, aunque no sea más que para lograr otras satisfacciones tan egoístas y mezquinas como las que se rechazan, pero más duraderas que ellas (porque elegir algo es sobre todo renunciar a lo que no es ese algo), ser un genio, esto es, tener la necesidad más intensa de perdurabilidad, exige un sacrificio de todos los demás bienes a éste que se considera supremo. El genio no es sólo el que intuye desde un punto de vista más comprensivo sino el que además pone su voluntad al servicio de sus intuiciones. Los velos del misterio no se rasgan para los indolentes o para los que se sumergen tranquilamente en las circunstancias y chapotean en ellas como los cerdos en su charco. La primera disposición genial es la inconformidad, la sensación de que lo que uno tiene y lo que uno es, no es lo mejor, y desear lo mejor apasionadamente. La búsqueda de eso que no se sabe aún con exactitud en qué consiste pero cuya nostalgia se experimenta como un implacable y doloroso aguijón, precisa una extraordinaria energía de la que no se puede echar mano si se gasta en otras actividades, si se dirige a otros fines. Es absteniéndose como la fuerza se almacena y es el almacenamiento de fuerza lo que hace posible la realización de los propósitos del genio. Freud lo reconoce así cuando habla de la sublimación de los instintos como base productora de cultura.

El hombre común y corriente no se echa a cuestas tan duras tareas. Sus expediciones apenas si se alejan de la tierra firme y no le es difícil, para hacerlas, encontrar compañera. Pero el genio, en cambio, es un solitario. Parece que se situara a tal altura que los débiles pulmones femeninos no pudieran respirar ese aire enrarecido. Algunas han querido escalar las cimas y nos han dejado el testimonio de su jadeo y de su asfixia. No es el clima propicio para ellas. Por eso siempre resulta un ligero desequilibrio de la comparación establecida entre un Beethoven, por ejemplo, y una Cecilia Chaminade, un Miguel Ángel y una Mme. Isabel Vigee-Lebrún, un Shakespeare y un Jorge Sand.

Pero ¿de dónde nace esta desproporción? ¿Es que las mujeres carecen de espíritu, que su cuerpo no está dotado de los instrumentos indispensables al través de los cuales puede efectuarse el conocimiento y la acción específicos de los humanos? ¿No hay en ella ninguna manifestación espiritual? ¿Es correcto considerarla como el eslabón perdido entre el mono y el hombre, que se levanta sobre el primero y que sólo prepara al segundo pero no lo iguala? ¿No sufre esa necesidad de eternidad que atormenta a los hombres y los impulsa a crear?

Hasta aquí hemos coincidido con los detractores del género femenino, hemos estado de acuerdo con Schopenhauer, Weininger y Nietzsche. Pero no nos basta declarar como ellos la incapacidad de la mujer para las labores culturales y cruzarnos, impávidas, de brazos. Debe de haber algo que justifique esta actitud o por lo menos que la explique. Algo más hondo, fundamental en el ser femenino. Y queremos llegar a eso que sería la raíz misma de la cuestión.

La incapacidad o la poca inclinación de la mujer por la cultura puede derivar de dos causas: o bien de la falta de percepción de sus límites y de su condición temporal y mortal, o bien de la falta de medios para la superación de esos límites y condiciones.

Examinando la primera hipótesis la declaramos falsa. ¿Por qué la mujer no había de advertir su limitación ni, una vez advertida, no había de sentirse afectada por ella ni a tratar de ensancharla, cuando está dotada, para el conocimiento y la conducta, de un sistema nervioso tan complejo y completo como el del hombre, de un cerebro tan desarrollado como el del hombre? Nada hay en ella que se oponga a la aparición y al florecimiento de la conciencia de la muerte y nada puede inducirnos a creer que la vida no le parece digna de conservarse. Al contrario, las mujeres se apegan a la vida muchísimo más que cualquier hombre. Una prueba es que en aquellas sociedades donde las mujeres han predominado, en los regímenes matriarcales la fuga ante el enemigo y ante la posibilidad de una muerte segura no era considerada como vergonzosa y la valentía dejaba su lugar al instinto natural de conservación. Otra, las mujeres raras veces inmolan su existencia individual en los altares, sea el que se quiera el ídolo que allí se adore. Ifigenia es siempre sacrificada por su padre.

Examinando la segunda hipótesis la declaramos también falsa. La mujer, se dice, es insensible a los valores, no puede captarlos. ¿Y por qué? ¿No se captan los valores por medio de una intuición emocional? ¿No es la intuición el modo de conocimiento peculiar de las mujeres? El que las mujeres no se sientan atraídas hacia los valores no quiere decir que no reconozcan en ellos los conferidores de la eternidad. Quiere decir que como medios para lograr la eternidad no les interesan y no les interesan precisamente porque las mujeres tienen a su alcance un modo de perpetuación mucho más simple, más directo, más fácil que el de las creaciones culturales al que recurre el hombre. Este modo de perpetuación es la maternidad. La mujer, en vez de escribir libros, de investigar verdades, de hacer estatuas, tiene hijos. Se dirá que también los tienen las hembras de las especies animales inferiores. Pero en ellas ya hemos visto que es un instinto rígido, periódico y fugaz. Algo a lo que el individuo se somete porque no puede hacer otra cosa, sumisión total mientras es forzosa y de la que, una vez levantada la forzocidad, no se reconocen siquiera los frutos. En la mujer la maternidad es un sentimiento no sólo consciente sino también libre al que se puede dar curso o evitar. Se dirá ahora que los hombres también tienen hijos y que la paternidad es para ellos también un sentimiento consciente, libre, y que.sin embargo no se conforman con ella, con lo que el problema sigue en pie. Merece la pena detenerse un momento ante este argumento.

Es cierto que los hombres colaboran en el proceso de la maternidad y que, por lo menos durante algunos años más, seguirán siendo indispensables para que este proceso se efectúe. Pero su colaboración no sólo ha sido mal apreciada durante siglos sino hasta desconocida y negada, La causa de la maternidad fue, durante un tiempo muy largo, misterio. Se atribuía a mil orígenes caprichosos y diferentes: arroyos a los que las mujeres iban a bañarse, bosques por los que atravesaban, comunicaciones secretas con los demonios o con los dioses. La mentalidad primitiva se alimentaba de leyendas que hoy nos parecen disparatadas pero que seguimos inculcando a los niños cuando su curiosidad se orienta hacia el fenómeno de la generación. Fue hasta ya avanzada la historia cuando se estableció la relación entre el comercio sexual y la fecundidad de la mujer. Pero aun entonces la promiscuidad hacía imposible la atribución de un hijo a un padre determinado y a los árboles genealógicos se ascendía sólo por ramas maternales. Y después, cuando la promiscuidad también desapareció y empezó a heredarse el apellido paterno, no por eso se hizo más fuerte la línea de unión entre el padre y el hijo. Un hombre puede suponer, basándose en una multiplicidad de datos, que el hijo que su mujer ha parido tiene un noventa y nueve por ciento de probabilidades de ser también suyo. Pero aun cuando el índice de probabilidades ascendiera hasta el cien por ciento la identificación del hijo y del padre continuaría siendo mediata. Lo reconoce así y lo expresa James Joyce en su novela Ulises:

La paternidad, en el sentido del engendramiento consciente, es desconocida para el hombre. Amor matris, genitivo, subjetivo y objetivo, puede ser lo único cierto de esta vida. La paternidad puede ser una ficción legal. ¿Quién es el padre de hijo alguno que hijo alguno deba amarlo o él a hijo alguno3?

¿Y cómo no ser mediata la identificación entre el hijo y el padre? Éste no lo ha llevado durante meses en su seno. No lo ha sentido crecer dentro de sí mismo, invadir su cuerpo, modificarlo, trastornarlo. No ha sufrido los dolores del parto ni lo ha alimentado de su leche. No tiene, no puede tener la evidencia desgarradora, absoluta, de que el hijo es suyo. No siente, no puede sentir, de manera tan directa, tan total y tan plena, que el cuerpo de su hijo es una continuación de su propio cuerpo, que la sangre de su hijo prolonga su propia sangre, que la vida de su hijo renueva su propia vida. ¿Qué necesidad de supervivencia y de eternidad no queda con esto sobremanera saciada? ¿No resultaría no sólo superfluo sino hasta absurdo que quien, como las mujeres, tiene a su alcance esta sólida, palpable satisfacción, la deseche para buscar sombras y fantasmas de ella? Por eso la mujer mira todos los esfuerzos del hombre en busca de la eternidad, con la misma mirada de condescendencia burlona que tiene para las inofensivas travesuras de los niños. Por eso considera todas las preocupaciones trascendentales del hombre tan insignificantes como un pasatiempo que ella ni comprende, ni comparte, ni precisa.

Freud y todos los psicólogos posteriores que recogieron su antorcha, han hablado mucho de la envidia de la mujer por los órganos de la virilidad y han derivado de esta envidia sentimientos de inferioridad, complejos sumergidos y muchas otras consecuencias más4. Y ha sido del seno mismo de los psicoanalistas de donde ha surgido alguien (Karen Horney)5 quien empleando las mismas armas (el punto de partida, el método, la terminología) ha diseccionado la envidia masculina por la maternidad, envidia que tiene manifestaciones tan claras que es imposible confundirlas o desconocerlas. La más evidente es la covada6, costumbre que se practica todavía hoy entre los caribes de Cayena, algunos pueblos del Chaco, los guaraníes del Brasil y los marañás de Colombia. Que se practicó en la antigüedad entre los corsos, los celtíberos y los cántabros. Y que persiste, muy evolucionada, casi inidentifícable, entre los vascos y los habitantes de la Selva Negra alemana. Consiste esta costumbre en que la mujer, inmediatamente después de dar a luz, es desalojada del lecho por su marido quien se instala en él y recibe todos los cuidados que se le deben a una parturienta, muestra a los visitantes el niño acabado de nacer y los visitantes fingen creer que es él quien lo ha tenido. Este engaño no debe ser muy convincente sobre todo para quien lo fabrica, pero es, desde luego, el síntoma de un deseo que, no pudiendo ser cumplido en el terreno corporal, físico, se desplaza a otro.

Si la mujer es biológicamente superior7 porque su cuerpo es más juvenil y plástico, más capaz de integración, regeneración y longevidad, es natural que sea lo mejor de ella lo que trate de perpetuar y sea en este ámbito donde logre sus propósitos. Y si el hombre tiene una superioridad intelectual innegable será en el campo intelectual donde luche por su supervivencia. El origen del anhelo es idéntico en ambos: es en el sitio de sus batallas, en sus armas y en sus triunfos donde se diferencian y distinguen. Sin embargo, la identidad de las raíces se nos aparece patente. La similitud entre la gestación de una obra de cultura y la de un hijo ya la apuntan Nietzsche8, Simmel9, Unamuno10 y muchos otros. La semejanza de actitud entre la madre y el genio la describe Bernard Shaw11. En los hombres de genio, dice, esto es, entre los hombres seleccionados por la naturaleza para efectuar la obra de construir una conciencia intelectual del propio propósito instintivo de ella, observamos toda la falta de escrúpulos y todo el sacrificio de sí mismo de la mujer. Ella por su parte cumple un propósito tan impersonal, tan irresistible como el otro. Ambos son sublimes altruistas en su desconsideración hacia sí mismos, atroces egoístas en su desconsideración hacia los demás. La mujer persigue al hombre, lo engaña con el señuelo de la belleza, de la felicidad, del placer, pero en el fondo trabaja por los hijos posibles y busca en el hombre no al ser humano sino al macho, no a la persona sino al padre. Procura apartar a su compañero de todo interés que gravite fuera de la órbita sexual y familiar porque quiere hacer de él el instrumento más adecuado para sus fines. (Los instrumentos suelen no tener personalidad ni independencia ni valor como no sea el que emana de su eficacia.) Esto, que para un kantiano como Weininger constituye la más grande inmoralidad, es a lo que confluye toda la actividad femenina, es a lo que tiende su educación. Todas las humillaciones se soportan, todas las condiciones se aceptan siempre que la mujer pueda, al través de ellas, convertirse en madre.

Oscar Wilde dijo en alguna ocasión12 que una mujer es capaz de perdonarle cualquier cosa a un hombre, excepto su inteligencia. Si esta frase tiene algo verdadero es porque la intuición femenina le avisa que donde encuentre un hombre excesivamente inteligente (el término inteligencia está tomado aquí en el sentido habitual y corriente, no en el sentido especial que le conferimos en el capítulo anterior), con una clara conciencia de sí mismo, de su ser y de su misión, encontrará al mismo tiempo una resistencia hacia la paternidad o una ineptitud para ella, ya sea desde el punto de vista biológico o desde el económico. La mujer sabe que en el genio no tiene un aliado para su empresa sino un indiferente cuando no un enemigo. Sabe que el genio no es su complemento, sino, en cierto modo, su igual. Al uno y a la otra los anima la misma intención: perpetuar la vida. Pero son antitéticos respecto a su concepción de lo que debe perpetuarse y cómo y dónde. Para la mujer es una perpetuación del cuerpo en el tiempo. Para el hombre es una liberación de la «sorda pesadumbre de la carne»13, y de las vicisitudes temporales. Es la ciudad terrena frente a la ciudad de Dios.

Los hombres, que desde épocas inmemoriales se han considerado a sí mismos los únicos servidores de la divinidad, han visto en la mujer un obstáculo, el más formidable quizá, para el cumplimiento de su misión y han hecho de ella, y del peligro que representa, casi un mito. Es la Eva por la que se pierden los más bellos paraísos; es la Dalila que corta los cabellos en los que reside la fuerza; es la Salomé que decapita las voces proféticas que claman en el desierto. Hay que luchar contra ella. En la lucha han recurrido a las más diversas armas. Desde el directo y elemental tizón encendido que blandiera Santo Tomás contra la seductora cortesana14 hasta el hecho más sutil pero no menos eficiente de elaborar un sistema ético (el de Kant) que llevado a sus últimas consecuencias (como lo hizo Weininger) hace de la maternidad el pecado más monstruoso y de la madre un ser que está fuera de lo estrictamente humano, un lastre de animalidad que es necesario destruir. La tradición cristiana (que impone el celibato a sus sacerdotes, que les prohíbe engendrar) exalta y reverencia a la madre pero a condición de que sea virgen, es decir, que para la maternidad no haya recurrido al hombre, no lo haya arrastrado a servir sus fines propios, apartándolo de los fines específicamente masculinos. Esta lucha de sexos es, en la opinión de Schopenhauer, el drama más grande, drama que se intensificará mientras más acusados estén en la mujer los rasgos maternales y en el hombre la vocación cultural.

Extraído de:

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1 (Todas las notas son tomadas de la edición citada al final del texto): José Moreno Villa. El poema al que aquí se alude se llama «Soledad» y se encuentra en la Antología moderna en lengua española «Laurel», Laberinto, Editorial Séneca, impresa en los Talleres Gráficos «Cultura», en la ciudad de México, 1941.
2 Título de un libro de Sergio Voronoff, traducción de Pablo Simón para la Colección Scientia, Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1943.
3 James Joyce, Ulises, traducción de J. Salas Subirats, 1a edición bajo la dirección de Max Dickmann, Santiago Rueda, Editor, Buenos Aires, 1943.
4 Lo que para Freud y sus más incondicionales seguidores era una envidia somática, nacida de la constitución misma del sujeto, en otros como F. Oliver Brachfeld (Los complejos de inferioridad de la mujer. Introducción a la psicología femenina, editado por la Sociedad Anónima Horta, Impresiones y Ediciones, Barcelona, España, 1949). Son sentimientos emanados de una conciencia social en la que predomina el principio masculino, el cual «obnubilado por su propio racionalismo antivital» desdeña a la mujer y la «inferioriza». Así, los que hasta ahora han venido considerándose como rasgos distintivos del carácter femenino (la hipocresía, la mentira, el mimetismo en relación con el ambiente, la gran consideración en la que se tiene la opinión ajena, etc.) no son los que la hacen ser inferior sino un resultado surgido de la idea o el sentimiento que la mujer tiene de su propia inferioridad. Estos rasgos no son específicamente femeninos sino extensivos a todo ser colocado en una situación de desventaja, de «minimización».
5 “La envidia del pene que sufren las niñas pequeñas queda compensada en cuanto alcanza el umbral de la edad núbil pues su capacidad de ser madre representa una superioridad indiscutible sobre el varón. A su vez esta superioridad no podría dejar de suscitar una violenta envidia en los muchachos en cuya psicología llega a constituir un factor muy dinámico, siendo una de las fuerzas más importantes, si no la fuerza esencial, en su estructuración de valores culturales». Karen Horney, citada por F. Oliver Brachfeld en Los complejos de inferioridad de la mujer.
6 Costumbre descrita por Pablo Krische en su libro El enigma del matriarcado, traducción de Ramón de la Serna, Biblioteca Nuevos Hechos, Nuevas Ideas, Revista de Occidente, Madrid, 1930.
7 La superioridad biológica efectiva de la mujer. Su plusvalía biológica, capítulo XII del libro de Brachfeld ya citado.
8 «Para que el creador sea el hijo que renace es preciso que tenga voluntad de parir con los dolores de la madre». Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, traducción de F. N. J., Editorial América, México, 1946.
9 «Es el caso admirable que, aunque son pocas las mujeres propiamente geniales, sin embargo se ha observado con frecuencia que el genio tiene algo de feminidad. Sin duda se refiere esta semejanza no sólo a la creación de la obra, cuya inconsciente gestación, alimentada por la personalidad toda, guarda cierta analogía con el desarrollo del niño en el seno de la madre, sino también a la unidad apriorística de la vida y la idea, a esa unidad en que reside la esencia femenina y que el genio repite en su grado máximo y productivo». Georg Simmel, «Lo masculino y lo femenino. (Para una psicología de los sexos)», en su libro Cultura femenina y otros ensayos.
10 «Los que no tenemos hijos nos reproducimos en nuestras obras que son nuestros hijos: en cada una de ellas va nuestro espíritu todo y el que la recibe nos recibe por entero». Miguel de Unamuno, Amor y pedagogía, Colección Austral, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1940.
11 Bernard Shaw compara a la madre y al genio en su obra Hombre y superhombre, traducción de Julio Brouta, Editorial Americana, Buenos Aires, 1946.
12 En El retrato de Dorian Gray (traducción de Theodore Folkers, Editorial Sopena Argentina, Buenos Aires, 1943). Probablemente también dice lo mismo en alguna de sus obras teatrales pues una de las ventajas de este escritor es que repite sus paradojas.
13 Hablando de la inteligencia que se mantiene «así, rencor sañudo, una, exquisita, con su dios estéril, / sin alzar entre ambos / la sorda pesadumbre de la carne». José Gorostiza en su poema «Muerte sin fin», publicado por la Antología de la poesía moderna en lengua española «Laurel».
14 Episodio narrado por Gilbert Keit Chesterton en su biografía de Santo Tomás de Aquino, 4a edición, traducción de H. Muñoz, Colección Austral, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1942.