El compromiso silencioso
Julieta Campos
Una oscura ansiedad pesa sobre la imaginación contemporánea. La literatura combina símbolos y, mediante una transmutación que no es mecánica, organiza y da sentido al caos del mundo. Lo ha hecho desde el principio, preservando un espacio donde el escándalo de la muerte puede ser rescatado para la vida. La violencia, la opresión y el horror han acompañado, también desde el principio, el destino de los hombres. La literatura nunca los ha ignorado, pero su alquimia siempre permitió buscar en el espacio de lo literario, como decía Freud, «una compensación al empobrecimiento de la vida». Innumerables han sido los recursos de los escritores de todos los tiempos para reconciliar, en las visiones de su imaginación, el contradictorio desorden de lo real y acaso toda la literatura sea, como quiere Lévi-Strauss del mito, una fórmula para conciliar la oposición esencial entre vida y muerte. Si la literatura ha podido hacerlo es porque su reino no es de este mundo. O, mejor, porque el Otro Mundo que instaura, el de lo Imaginario, crece a expensas de éste, lo corrige, lo altera, lo impugna. La invasión de las vidas individuales por una historia trabajada, como nunca antes, por la pulsión de muerte es responsable de esa oscura ansiedad que pesa sobre la imaginación contemporánea. La amenaza de exterminio total, que ha desplegado en nuestro siglo múltiples modalidades, modifica esencialmente la sensibilidad. Más acá de ese nuevo factor ineludible para cualquiera que viva en esta época, las múltiples circunstancias concretas proporcionan otros muchos que también estarán presentes, a veces por su ausencia, en la obra de los escritores de nuestro tiempo. Pero los caminos de la imaginación son misteriosos y nunca podrán reducirse a esquemas ni a recomendaciones moralizantes o utilitarias.
Hablar de la «responsabilidad social» o del «compromiso» del escritor puede volverse —y de hecho así suele ocurrir— un desaprensivo manejo de carnadas demagógicas y, en el mejor de los casos, un ejercicio más de retórica huera, una inútil repetición de lugares comunes. Si he elegido este tema para mi ponencia en el Segundo Congreso de Escritores de Habla Española lo hago con la preocupación de evitar esos riesgos y de procurar devolver el tan traído y llevado «compromiso» a los límites y dimensiones que podrían justificar el uso de esa palabra para aludir a una función propia del oficio de escritor.
Me parece evidente que las obras de creación, incluyendo a la literatura, son pulmones para la sociedad que, sin ellas, respiraría cada vez con más dificultad hasta languidecer asfixiada. La necesidad del arte es la imprescindible necesidad de lo prescindible, de lo innecesario. La civilización descansa, en buena medida, en el reconocimiento al artista —incluyendo al escritor— de la vital utilidad de su inutilidad. Vivimos en una época que difícilmente acepta el valor de algo que no sirva «para otra cosa», para venderse y consumirse como mercancía o para venderse y consumirse como propaganda. Quizá por eso las obras plásticas son más codiciadas en el mundo donde priva el valor-mercancía y las obras literarias son objeto a la vez de sospecha y de afán de orientación en el mundo donde la ideología se ofrece como el principal objeto de consumo.
Quizá nunca como ahora haya sido tan válido mirar hacia los orígenes del hecho literario y recordar su naturaleza gratuita, su parentesco con el juego. Un juego muy serio, sin duda, del que dependen notablemente la preservación de la cultura y del espíritu. Un juego que consiste en ir llenando los huecos de lo real y en descubrir un diseño que organice lo disperso del mundo. Un juego que convierte a Aldonza en Dulcinea y en temibles guerreros a los molinos de viento. Un juego que nos induce a leer el mundo como si fuera un libro de una manera tan convincente que los demás, al leer el libro resultado de aquella lectura, estén dispuestos a aceptarlo como la lectura más veraz del mundo. Un juego que sólo puede jugarse si al escritor le es dado preservarse un sitio un poco al margen que le permita darle a la palabra un uso lúdico y no moralizante.
El texto literario filtra lo más indecible, esos movimientos muy profundos que ni el lenguaje cotidiano ni el discurso reflexivo registran. Es verdad que no sólo eso dirá el texto porque en el proceso de creación se irán añadiendo los proyectos de la conciencia que razona y racionaliza. Pero sin aquel núcleo el texto nacería muerto. Siempre han sabido los escritores (y pocos lo han hecho explícito con tanta precisión como Flaubert) que no eligen ni sus temas ni sus personajes sino que, al revés, son elegidos por ellos, que se aparecen sin avisar, a lo mejor (como cuenta García Márquez de un cuento que todavía no escribe ) mientras el escritor mira cómo el electricista se las arregla para componer un desperfecto de la instalación que ha venido a estropearle una reunión con amigos. Lo que aflora, por supuesto, se había venido sedimentando pero ese limo asentado, hecho de estímulos del mundo y de respuestas del sujeto, no sale a la superficie por mandato de la voluntad, ni de la conciencia que razona, ni de la conciencia moral: brota por caminos secretos y por motivos imponderables a los que no hay por qué tratar de inmovilizar con el alfiler de un hombre científico.
En los cuentos maravillosos, acaso los relatos más arcaicos, todo sucede a partir de una carencia y tiende a repararla: las aventuras del héroe llenan los huecos que la realidad no había sabido llenar. Todo cuento maravilloso es una metáfora de la literatura: es el deseo el que moviliza la fantasía y luego moverá la mano del escritor para que llene de signos el vacío de una página. La imaginación es el puente entre la carencia y su reparación. Lo que colma lo imaginario no podría colmarlo la realidad. Lo imaginario es el encuentro imprevisible de vínculos que la vida cotidiana había escamoteado. Y se constituye porque el artista, incluyendo al escritor, goza de un privilegio inquietante e inquietador: los vasos comunicantes entre el magma donde se gestan el deseo y los sueños y la vigilia de la conciencia no se han obturado y por ellos circula la savia que germina la obra. Lo que dice el texto viene a impugnar lo que dice esa instancia vigilante que instaura prohibiciones y que representa a la imagen paterna: triunfo del principio del placer sobre el principio de realidad, toda obra de arte es un acto de rebeldía, una disidencia. Lo que el creador organiza con la imaginación es lo que permanecía reprimido en el inconsciente: lo que no se constituía como lenguaje, lo que hasta entonces había sido lo indecible, lo que no era discurso. Eso es lo que aflora en la obra. El escritor, como cualquier artista, es siempre un impugnador. El arte realiza el deseo en el espacio simbólico de lo imaginario y el deseo (sería iluso ignorarlo después de Freud) impugna a la ley. Por eso, justamente, resulta ineficaz cualquier intento de restablecer controles, desde afuera o desde arriba, sobre la creación.
Es verdad que el arte es un hecho social porque es un hecho de cultura pero es, dentro de la cultura, el que asume la soberanía del deseo y el imperativo de la transgresión. El escándalo del arte y la literatura es que siempre revelan la insuficiencia del mundo. Si se pretende dictarles lo que deben decir es justamente para impedir que lo hagan. No se equivocaba Nietzsche cuando suponía que ningún artista tolera lo real. Thomas Mann aludía a es «especie de oposición a la realidad, a la vida, a la sociedad» que es propia de quienes se han consagrado a la palabra. Lo imaginario se constituye con muchos fragmentos de lo real pero combinados de otra manera. Y en esa pretensión de abolir la realidad que impulsa a la creación está implícita la desconfianza que tiene el creador de la posibilidad de una transformación real del mundo real. Por lo menos, de su propia capacidad para intentar esa transformación.
Las ideologías, que son racionalistas y tienen que ver con lo que el psicoanálisis llama el Super-Yo, pretenden «recuperar» a la literatura, que es impugnación porque tiene que ver con lo reprimido, para quitarle su carga de profundidad. La manipulación ideológica, que propicia una toma de posición manifiesta, en la denuncia o en la apología, desconoce la esencial ambigüedad del arte. El texto literario, porque es poético, irradia una constelación de significados y será tanto más rico cuanto pueda desplegarse a partir del texto una cauda de ecos más amplia. Si la obra de arte tiene tanto de enigma o de adivinanza, como advertía Adorno, la respuesta al enigma o a la adivinanza no es jamás una sola. Es un enigma que reclama y admite respuestas múltiples.
Algunos escritores describen el fluir de la escritura hacia la página como un «dictado». Pero ese dictado procede del mismo reservorio donde se compone el argumento de los sueños. Cualquier dictado de otra procedencia se vuelve, lastimosamente, dictadura. La situación del poeta dentro de la República ha dado muchas vueltas desde que Platón, en aras de lo que luego daría en llamarse «razón de Estado», optó por rendirle todos los honores y enviarlo al exilio. Platón sabía lo difícil que puede ser reconciliar las razones del poeta con las razones del Estado: si las del poeta nunca están libres de sospecha es porque la palabra poética siempre ha sido, en alguna medida, el «discurso prohibido». ¿Cómo podría ser de otra manera si es lo que consigue filtrarse y decirse de lo indecible del deseo?
La desconfianza hacia una u otra forma de expresión artística es tan antigua como la cultura. El teatro desapareció durante siglos al advenimiento del cristianismo y si los espartanos prohibían música, danza, poesía, Islam y judaísmo rechazan por iagual las representaciones plásticas. La censura absoluta es la expresión más grave de las demandas impuestas desde afuera al creador y su obra. Parte de un malentendido: el arte puede corromper o moralizar. Y desconoce lo más íntimo de su naturaleza: que su dominio es lo Imaginario, su economía la del placer y las únicas reglas a las que sabe obedecer son las reglas de su propio juego.
Las pretensiones de rescatar al poeta para los fines de la República son peligrosas. Imbuido de un tentador mesianismo que lo solicita por todas partes para instarlo a constituirse en «conciencia moral» de la sociedad, puede olvidársele también a él que la obra surge de ese espacio interior donde se imbrican misteriosamente Eros y la Muerte. La experiencia de la literatura abarca todas las manifestaciones de la vida y cada escritor vive a su manera ese movimiento pendular entre la belleza y el dolor que era para Camus la esencia de su vocación. Escribir sería transitar entre la soledad de la experiencia estética y la solidaridad de la experiencia ética. La intensidad con que se acentúa una u otra vivencia puede variar pero la literatura dejaría de ser arte para pasar a ser moraleja si consintiera en volver explícita su denuncia o cambiara su implícita disidencia por el plato de lentejas que podría proporcionarle la apología de un orden establecido. Entre la marginación y la absorción por las instituciones del poder oscila, según sistemas y latitudes, la suerte del escritor contemporáneo. Por aquí se le tolera, haciendo como que se ignora su testimonio de la imperfección del mundo, y por allá se le cerca o se le expulsa, pretendiendo arrancarle el testimonio del advenimiento de un mundo perfecto.
Como del amor, podría decirse de las razones del arte, que sus razones son tales como la razón no conoce. Dos escritores que han escrito excepcionalmente en nuestra lengua lo dicen casi con las mismas palabras:
Las opiniones políticas son superficiales... la literatura debe tener la libertad de la imaginación, la libertad de los sueños. He tratado de que mis opiniones no intervengan jamás en lo que escribo; casi preferiría que no se supiera cuáles son. Si a mí un cuento o un poema me salen bien, me salen de algo más profundo que de mis opiniones políticas, que posiblemente son erróneas y están dictadas por las circunstancias (Borges); En el momento de la creación aflora a la conciencia la parte más secreta de nosotros mismos... La poesía vive en las capas más profundas del ser, en tanto que las ideologías y todo lo que llamamos ideas y opiniones constituye los estratos más superficiales de la conciencia (Paz).
Otro de los nuestros, Alfonso Reyes, lo había dicho a su manera: «de todas las formas de conocimiento es la más honda la literatura porque lo que muestra es la esencia misma de la vida».
Sólo resultados precarios y deleznables pueden esperarse de cualquier intento de encaminar la creación, de regirla o de coartarla con fines utilitarios. La vinculación de la escritura, en sus orígenes, con los fines de preservación y trasmisión de los ordenamientos del poder parece seguir pesando sobre el escritor de nuestro tiempo al que se le atribuye muchas veces una función clerical de «escriba» o consolidador de sistemas. Nadie desconoce cómo los controles sólo sirven para abortar, antes de que se manifieste, el entusiasmo creador. Pero el utilitarismo didáctico es igualmente inoperante cuando se manifiesta con el signo contrario: cuando se pretende que esa crítica implícita a la realidad que es la literatura se trivialice para servir, explícitamente, a propósitos de denuncia o de propaganda. No es el contenido ideológico lo que hace de toda literatura, sin excepción, un discurso de protesta. Ninguna obra auténtica es la celebración de un orden sino el ofrecimiento de algo que la realidad no da, la satisfacción de una promesa que sólo es formulable en el espacio de lo imaginario: su condición única es la libertad. Por eso sólo con la libertad puede comprometerse legítimamente el escritor. Y la libertad, signo que rige a la literatura como a todas las expresiones del arte, es más propia del juego que de la virtud.
¿Cómo negar que al escritor le gustaría mejorar al mundo? ¿Cómo suponer que podría dejar de soñar con un tiempo en el que la poesía se hubiera derramado de los textos para tejer la textura de la vida? Pero los propósitos de instalar a la imaginación en el poder cuidando, a la vez, de dejarla circular libremente por todas las arterias de la sociedad han fracasado hasta ahora. Yo me pregunto si lo real podrá llegar a satisfacer, en algún futuro, esas demandas que los hombres han tenido que colmar siempre con lo imaginario. Mientras tanto, el escritor mejora al mundo, sí, pero en tanto que revela lo que no estaba a la vista, en tanto que reconcilia lo que la vida confunde en la dispersión de su caos, en tanto que ofrece el texto que es obra de su imaginación como un reducto de libertad.
He ahí, pues, lo que determina el único compromiso que su peculiar función le permite asumir al escritor: el compromiso de la libertad. Un compromiso que lo obliga a decir lo que tiene que decir de la mejor manera posible. Un compromiso que lo obliga a no admitir otra vigilancia sobre sus textos que la que él mismo es capaz de ejercer: la vigilancia de la sinceridad, de la autenticidad y de la fidelidad a su visión. Libre de escuchar las voces que lo habitan, el escritor dirá lo que tenga que decir acerca del amor, el tiempo, la muerte, la opresión, el dolor y aquel impulso que, con el signo del amor, persiste en negar al dolor, la opresión y todos los demás rostros que, marcados por el tiempo —es decir, por la historia— asume la muerte.
Las fronteras entre civilización y barbarie son frágiles. No podemos prescindir de la libertad porque tantas veces haya sido mistificada. Tampoco podemos desplazarla a un futuro mítico, de cuyo advenimiento no tenemos ninguna certidumbre. Nuestro siglo ha conocido esperanzas decepcionadas, paraísos a los que se les ha puesto barrotes, sueños de libertad con pan y con justicia en los que alguno de los términos resulta siempre escamoteado. Un escritor sincero tiene que defender la libertad de creación, que jamás será un dudoso privilegio sino la garantía que tiene toda la sociedad de conservar saludables sus pulmones y de no dejarse invadir por la selva. El juego del escritor concierne a todos. La verdad de la literatura siempre ha sido y será sospechosa para grandes y pequeños inquisidores: es subversiva porque siempre está en rebeldía contra lo real. Cuando la creación languidece un tufo de enfermedad y encierro ha empezado a invadir, seguramente, el ámbito social que acaba por adquirir ese aire patético de los paseos de presos, en fila, alrededor de un patio cuadrado cuyos muros
tocan el cielo. El instinto de muerte, que siempre ha obrado en la historia, no había conocido jamás la atroz desmesura que la perfeccionada tecnología del progreso le ha desatado en nuestra época. Auschwitz, Hiroshima, Vietnam y El Salvador y todos los sitios de tortura, las cárceles y los cementerios anónimos de América y también el Gulag ensombrecen la esperanza de la derrota final de los fúnebres jinetes por el joven dios jubiloso que ya en 1930 ponía en duda, con tanta lucidez, un viejo médico judío nacido en Viena. Sin embargo, algo se gana para la vida cada vez que, en alguna parte, un hombre o una mujer, frente a una página vacía, se dispone a no mentir sobre lo que ha aprendido de la vida y de la muerte. Ese es el verdadero compromiso: el silencioso, secreto heroísmo al que obliga el oficio de escribir.
Extraído de:
- Campos, Julieta. «El compromiso silencioso». Revista de la Universidad de México 37, n°. 7 (1981): 22-4. https://www.revistadelauniversidad.mx/download/c0c0a466-abd1-409b-84fa-8196f2f2739f?filename=7 (24/octubre/21).