Azar del cuerpo: necesidad de escritura

Julieta Campos


La existencia o inexistencia de una escritura específicamente femenina debe formularse, pienso, no desde los temas sino desde el acto mismo de escribir. Se trata, pues, de explorar el acto de creación.

Acto que confiere vida, como el amor, la creación se da porque existe la amenaza de la muerte. Crear es robarle al tiempo, ese insaciable devorador, un espacio privilegiado donde todos los tiempos coinciden en un presente rescatado a la usura de la muerte. El momento de la creación es de una rara intensidad: la vida está en el cenit. La obra irradia después esa intensidad en la que reside, en alguna medida, la fascinación del arte. La creatividad artística parece ligada a una experiencia del desorden, a un conocimiento de lo abismático. Pero organiza ese desorden en una forma que habla al espíritu y rescata para la vida lo que era de la muerte. Algo se abre en la opacidad del mundo. Todo el ser se involucra: el deseo y la inteligencia y la voluntad. El conocimiento que más conoce es el apasionado. Cuanto más completa sea esa puesta en juego del ser total más penetrante será la videncia. Desde William Blake hasta Octavio Paz, pasando por Achim von Arnim, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, André Breton el don poético se ha identificado con la enigmática facultad del vidente. Los ojos del poeta se iluminan con el resplandor del tigre en la fronda nocturna. Y extraen de lo oscuro —como Orfeo— un cuerpo radiante. En la obra se desciende a las tinieblas para volver con el corazón de las tinieblas en la mano.

Si a esas tinieblas alguien prefiere llamarles «inconsciente» pasaríamos al discurso científico. Diríamos entonces que en la pintura, la escritura o la música se abren paso a la conciencia los contenidos del inconsciente: deseo y represión, pulsiones de vida y de muerte. La intuición revela. La conciencia se abre y, receptiva al máximo, se ilumina. Algunos identifican esa iluminación con la experiencia de lo sagrado.

Y no sin fundamento. Sólo que ese sagrado del que participa la palabra poética sería, más bien, lo sagrado de la transgresión. Lo que dice impugna el discurso racionalizante del Yo, del ideal del Yo y de la Ley. Escribir es dejarse habitar por las «otras voces» que nos rondan. El texto es la otra escena: un escenario subterráneo que de repente invade el proscenio. Un inconsciente le habla a otro. La obra será válida si es capaz de despertar en otro —lector, espectador— los propios fantasmas. Porque en el espacio imaginario de la escritura se vuelven corpóreos los fantasmas. El texto es la «tierra prometida», el «Más Allá» inaccesible, la Luna que reclama Albert Camus por boca de Calígula: el único ámbito donde la ilusión vuelve recuperable lo irrecuperable, el Objeto de nuestro amor original. Eros y la muerte se transfiguran y se abrazan a medida que se llena de signos la página blanca. Las palabras obturan el vacío. La escritura penetra el vacío. Repara y restaura. De ahí el placer que comunica.

Las palabras son el revés de la ausencia. Alucinamos, en la escritura, el Objeto, con mayúscula, del más remoto deseo. En la página se cumple aquel deseo que jamás fue satisfecho ni será colmado nunca salvo por lo Imaginario. Escribir es atravesar el desierto persiguiendo el Absoluto. No importa si ese Absoluto es un espejismo. Es un espejismo cuya perduración está garantizada: basta que alguien vuelva a formular el conjuro —las palabras del texto— para que reaparezca.

Baudelaire hizo explícito algo que quizás habían sospechado todos los poetas: el don que germina poesía es la facultad de recuperar a voluntad la infancia. A su paraíso y a su infierno nos devuelve lo lúdico de la escritura y su pericia para convocar fantasmas. Se instaura en ella la omnipotencia que sólo se nos dio en la infancia para configurar el mundo a la medida de nuestro deseo. Y el deseo, que rige el inconsciente, es atemporal. Por eso la escritura tiende a abolir el desgaste que atestiguan, en la realidad de afuera, los relojes. Como el inconsciente, niega a la muerte. Y, también como el inconsciente, es andrógina.

Cada cultura tiene sus valores «masculinos» y «femeninos». La inserción de hombres y mujeres en la cultura está marcada por esos paradigmas. Pero el proceso que integra la persona del escritor —como la de cualquiera— es un complejo entretejido de identificaciones masculinas y femeninas. El sexo marca pero también marcan los ideales a los que se tiende. Marca el cuerpo la escritura, pero no hay que confundirse: más que el cuerpo real lo que pasa a la escritura es el cuerpo fantasmático que nos habita. La escritura se alimenta de todos los niveles del ser, pero sobre todo de ese daimon imprevisible que, despoetizado, se llama ahora inconsciente. La creación moviliza las imágenes más arcaicas y, en esas profundidades, lo masculino y lo femenino se imbrican misteriosamente. A la voz de Flaubert diciendo «Madame Bovary, soy yo» responde otra, enredada en las ventiscas de los páramos de Yorkshire: la de Cathy-Emily Bronte asegurando: «Yo soy Heathcliff». No es otro el prodigio de la alquimia del verbo: reconciliar, en el oro filosofal de las palabras, la diversidad de los opuestos.

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