El feminismo. Respuesta a un artículo publicado en "El comercio" que impugna el feminismo, de María Jesús Alvarado Rivera
Con este epígrafe acabo de leer en “El Comercio” de esta tarde un artículo en que se impugna el feminismo, fundando el autor sus refutaciones en el concepto que profesa de que la mujer ha nacido exclusivamente para el hogar.
Con permiso del autor, a quien no tengo el honor de conocer, voy a tomarme la libertad de hacerle algunas objeciones a la tésis sustentada.
En primer lugar, el señor Marco Antonio combate el feminismo creyéndole contrario a las leyes inmutables del amor que impone la naturaleza.
Esta inculpación sería incontestable y aniquiladora para el feminismo, si en realidad tratase de destruir el amor, y por consiguiente la primera y más santa de las instituciones humanas: “el hogar”; pero estudiando imparcial y serenamente los principios del feminismo, los programas que desarrolla, las reivindicaciones por que lucha, y la opinión que merece a los más profundos pensadores, no se encuentra asomo alguno de rebeldía al amor, a los dulces lazos de la familia.
Analicemos: el principio fundamental del feminismo es la igualdad de la mentalidad y de las aptitudes del hombre y la mujer, igualdad probada irrefutablemente por la historia, y hasta por la somera observación de la vida diaria, por cuya identidad de personalidades es de absoluta justicia que sean iguales ante la ley, libertándose la mujer de la forzosa y muchas veces tiránica y cruel tutela del varón, que ningún derecho tiene a ejercer predominio en la pareja humana.
“La liberación de la mujer es necesaria no sólo para garantizarle sus derechos individuales, en nombre del principio de la autonomía de la persona humana, sino también en interés de la colectividad por exigir la buena marcha de las cosas, el concurso de las dos mitades constitutivas de la especie humana; se trata, por un lado, de una obra de justicia y de libertad, y por otro, de una obra de utilidad social”, dice Brodel.
Las reformas que, fundado en estos principios, exige el feminismo son en síntesis las siguientes: 1ª. dar mayor amplitud y facilidades a la educación de la mujer, desarrollando su intelecto y aptitudes de igual manera que en el hombre; 2ª. darle acceso a los empleos públicos y profesiones liberales, para que pueda subsistir por sus propios esfuerzos, mejorando su condición económica y social; y 3ª. que se le conceda los mismos derechos civiles y políticos que al varón, libertando a la mujer casada de la dependencia del esposo a que la ley la somete, privándola de los derechos que goza de soltera.
En los países más cultos, total o parcialmente, el feminismo ha realizado ya estas aspiraciones. Así vemos a la mujer acreditar la potencia de su intelectualidad y la competencia de sus aptitudes, ejerciendo mil profesiones que le estaban vedadas y que son perfectamente compatibles con su naturaleza; brillando en la literatura; superando en las artes; dominando las ciencias; trabajando, en fin, eficientemente en todos los ramos de la actividad humana, siendo sus triunfos tanto más gloriosos, cuanto que tiene que actuar en un medio adverso, combatiendo contra seculares prejuicios; contra crueles sarcasmos; contra obstáculos gigantescos que le oponen aunados al egoísmo innoble y la tradición despótica.
En el orden civil y político también triunfan sus inconcusos derechos; Suiza e Inglaterra le han otorgado el derecho de sufragio municipal y de ser elegida alcalde; en Dinamarca, en Australia y en muchos estados de la gran república del norte, posee igualmente el voto municipal, en Noruega y en Finlandia, han conseguido el derecho a la representación nacional habiendo sido elegidas en el último país más de veinte diputadas; en Nueva Zelanda e Islandia, ejercen cargos públicos; en Francia los comerciantes eligen jueces para los tribunales de comercio; y en Rusia las propietarias votan en las elecciones de miembros de la Duma.
Y no se sabe que el ejercicio de estos derechos haya en ninguna parte extinguido el amor, desquiciado el hogar ni alterado el orden social. Por el contrario, afirman innúmeros escritores respetables que la mujer libre autónoma, ejercitando los derechos cívicos es la más solícita de las madres, la más digna esposa, el más firme sostén del hogar; que es recta y proba en las elecciones, no dejándose seducir por mezquinos particulares intereses, sino que otorga su voto a aquel que por sus honrosos precedentes dé más garantía de trabajar por el bien público; y finalmente, que las que desempeñan el cargo de alcalde hacen especial labor de saneamiento social, adoptando enérgicas y eficaces providencias para atenuar el vicio envilecedor.
Lejos de pretender el feminismo la extinción del amor, lo engrandece, lo dignifica y lo depura de la voluptuosidad y del interés, dando más garantía de firmeza y felicidad al matrimonio. Una comparación de la personalidad y condiciones de la mujer actual y del tipo de la mujer del porvenir, ideado por el feminismo, nos probarán incontrovertiblemente esta verdad. La educación de la mujer de hoy es deficiente y errónea, se le encadena a mil prejuicios, a seculares tradiciones absurdas, se subordina su conciencia y su conducta a dirección ajena, se fomenta el falso concepto de que el trabajo la perjudica y denigra, manteniéndola en la más egoísta e indolente inercia, exigiendo sólo al varón el cumplimiento del deber de sostener la familia; se le fomenta el necio orgullo y la estólida vanidad; no se le educa ni para el hogar ni para el trabajo; pero se le ofrece como único porvenir, como única “carrera”, dice el distinguido doctor Posada, el matrimonio: si es rica para que el esposo administre sus bienes y tenga con quien concurrir a las diversiones sociales, si es pobre para librarse de las terríficas angustias y humillaciones de la miseria y de la depresiva tutela de los parientes. El matrimonio, pues, no se le muestra como la resultante de un amor profundo y desinteresado, sino como una necesidad económica y social; y este concepto está tan arraigado, que la mujer sin bienes de fortuna que antes que venderse, aceptando un matrimonio de conveniencia, prefiere someterse al trabajo, es censurada como persona desprovista de buen juicio y sentido común, y hasta se le ultraja con crueles dudas.
En cambio, desenvueltas por medio de una educación perfectiva, como pretende el feminismo, las nobles cualidades y útiles aptitudes de la compleja personalidad física, intelectual y moral de la mujer; engrandecida por un espíritu recto, ilustrado, libre de prejuicios y mezquinas pasiones, por una moral elevada y una conciencia inflexible; por un corazón tierno, sin voluptuosidad, y altruista sin ostentación; gozando de libertad, de independencia, consciente de sus ineludibles deberes y legítimos derechos; colocada al mismo nivel que el hombre, con idénticas aptitudes y facilidades que él para procurarse ventajas económicas; obediente a la ley del trabajo proficuo y dignificante, empleada siempre en sus labores, su naturaleza será invulnerable al exagerado sentimentalismo, a las pasiones irreflexivas sin fundamento noble y serio que acompañan a la inercia y la molicie, formándose un concepto elevado del amor, lo basará sólo en la apreciación de las cualidades morales y no teniendo ya tampoco necesidad del matrimonio para gozar de bien estar, no lo contemplará a través del prisma del interés, yendo a él a ser la indolente consumidora del producto de los esfuerzos del esposo, sin darle en cambio el verdadero amor, sin comprender su espíritu, su mentalidad, sin ayudarle en la penosa labor, no, no será éste su rol, ella sentirá por el digno esposo que eligió un amor noble, profundo y serio, una perenne estimación; penetrará a lo más recóndito de su espíritu, apreciará su intelecto, participará de sus elevadas emociones mentales y afectivas; colaborará en sus trabajos, vivirá, en síntesis, la misma vida de su esposo en sus diversas modalidades.Y luego, si el esposo falta, el vendaval de la miseria no azotará este hogar haciendo víctima de su furia a los tiernos niños, a la pobre viuda, ni el deshonor, aceptado en cambio de un aleatorio bienestar, lo señalará con su negro estigma, pues la viuda, mujer ilustrada, apta y de carácter digno, sabrá continuar sola la lucha por la vida, hallando los recursos necesarios para sostener la familia con inmaculado honor.
El sinóptico estudio que dejo hecho prueba de manera concluyente que el feminismo no trata de desvirtuar la noble misión de la maternidad, que no se opone a las leyes naturales, sino que por el contrario, como lo declaran notables filósofos, es un movimiento espontáneo de la incesante evolución de la humanidad que la impulsa incontrastablemente al perfeccionamiento, estableciendo el equilibrio de la pareja humana, dentro de los límites de la armonía universal.
Lima, mayo 4 de 1911.
Extraído de:
- Prado Traverso, Marcela (ed.). Ensayistas Latinoamericanas. Anotlogía crítica. Tomo III: época contemporánea (América del sur). Valparaíso: Editorial Puntángeles, 2018.